El clasismo en esta ciudad no siempre grita, muchas veces susurra. Se aprende desde temprano, en espacios donde se supone que se forman valores, pero en realidad se refuerzan jerarquías. Estudiar en un colegio donde el precio de la matrícula pesa más que la educación emocional es enfrentarse, desde joven, a una realidad dura: no todos valen lo mismo según la ropa que usan, los bienes que tienen o el apellido que cargan.
Ahí se aprende que el trato cambia según cómo te vistas, según el celular que tengas o el carro en el que te recogen. No importa tanto quién eres, sino cuánto aparentas. La falta de valores no siempre es gritar o agredir, a veces es mirar por encima del hombro, excluir sin decirlo, marcar distancia con silencios incómodos. Y eso deja huellas.
Con el tiempo, ese clasismo muta y se moderniza. Hoy se mide en redes sociales. El dinero ya no solo se muestra en relojes o marcas, ahora se calcula en seguidores, viajes, restaurantes y fotos perfectamente editadas. Instagram se convierte en la nueva balanza social: quien más muestra, más vale; quien no encaja, se invisibiliza.
Lo grave es que muchos terminan creyendo esa lógica. Se convencen de que su valor depende del feed, de las historias, de parecer exitosos aunque por dentro estén vacíos. El clasismo digital hereda la misma raíz: juzgar sin conocer, medir sin entender y separar sin humanidad.
Esta es una realidad incómoda, pero necesaria de nombrar. Porque mientras se siga confundiendo estatus con dignidad y consumo con valor personal, seguiremos educando generaciones más preocupadas por aparentar que por ser.

