Por: Laura Cabanzo
Hoy todo tiene que ser aesthetic: la habitación, el café, el escritorio, el outfit, el mercado, hasta la rutina de gimnasio. La vida dejó de vivirse para convertirse en un catálogo que debe verse perfecto en cámara. La estética se volvió una competencia silenciosa donde todos intentan encajar en una narrativa visual que ni siquiera es propia.
El problema no está en lo bonito. Lo aesthetic puede ser inspirador, motivador y visualmente agradable. El problema surge cuando el valor real de las cosas queda oculto detrás de un filtro. Cuando elegimos lo que fotografiamos, no lo que sentimos. Cuando preferimos una selfie perfecta en un sitio “lindo” antes que una conversación genuina en un sitio sencillo.
El consumismo digital nos empuja a creer que la vida es más válida cuando luce espectacular. Que una taza vale por la foto, no por la historia detrás. Que un viaje importa por el carrete de imágenes, no por los silencios que nos regaló. Que una comida existe en función de cuántos likes genera, no de quién la compartió con nosotros.
Y en esa búsqueda obsesiva de estética, hemos vaciado la espontaneidad. Los momentos ya no son instintivos; son escenografías. La alegría debe verse ordenada, la tristeza debe verse elegante, las experiencias deben tener color neutro y luz natural. Todo se pulió, pero también se volvió superficial.
Lo aesthetic, entendido sin equilibrio, nos roba autenticidad. Nos empuja a vivir para el exterior, no para el interior. Y cuando la vida real llega —desordenada, imperfecta, cruda— nos sentimos inadecuados, como si estuviéramos fallando en un estándar que nunca fue real.
Volver a darle valor a lo verdadero implica aceptar lo imperfecto. La risa descontrolada, el desorden de un día difícil, el libro ajado que nos cambió la vida, el café frío que tomamos en buena compañía. Porque esas cosas no se ven aesthetic… pero construyen la existencia.
La estética pasa. Lo real permanece.





