Por: Laura Cabanzo
Hablar de paz en el Cauca es caminar sobre una promesa rota. Los acuerdos firmados generaron expectativas legítimas en comunidades que habían soportado décadas de violencia. Sin embargo, con el paso del tiempo, la distancia entre lo prometido y lo vivido se hizo cada vez más evidente.
La paz se presentó como un punto de llegada, cuando en realidad debía ser un proceso profundo y sostenido. En el Cauca, la implementación incompleta dejó vacíos que no tardaron en llenarse. Donde no hubo presencia institucional efectiva, surgieron nuevas dinámicas de control y disputa.
El problema no fue solo la lentitud, sino la desconexión con el territorio. Las decisiones se tomaron desde escritorios lejanos, sin comprender la complejidad local. La paz se diseñó de forma general, pero se aplicó sin enfoque territorial suficiente.
Para muchas comunidades, la palabra paz comenzó a perder sentido. No porque rechazaran la idea, sino porque su realidad cotidiana no cambió. La violencia no desapareció; se transformó. Cambiaron los actores, los métodos y los discursos, pero la sensación de inseguridad permaneció.
Este escenario generó desconfianza. Cuando las promesas no se cumplen, el escepticismo se instala. Y sin confianza, cualquier intento de reconciliación se debilita. La paz no puede sostenerse solo con discursos; necesita resultados visibles en la vida diaria.
Además, la falta de inversión social consolidó desigualdades históricas. Sin acceso real a salud, educación, infraestructura y oportunidades económicas, la paz se vuelve frágil. No basta con silenciar los fusiles si persisten las condiciones que alimentan el conflicto.
El Cauca no necesita más anuncios, necesita coherencia. Una paz que no llegue al territorio es solo una idea. Y mientras siga siendo inconclusa, el conflicto encontrará la forma de reinventarse.

