Por: Laura Cabanzo
El conflicto en el Cauca no terminó; se transformó. Cambió de nombre, de actores y de justificaciones, pero no de consecuencias. La población civil continúa siendo el centro del impacto, atrapada entre disputas que no eligió.
Nombrar el conflicto de otra manera no altera su esencia. Las comunidades siguen enfrentando desplazamientos, amenazas y pérdidas. La vida cotidiana continúa marcada por la incertidumbre y la adaptación forzada.
Esta transformación constante dificulta la comprensión del problema. Al cambiar el lenguaje, se diluye la responsabilidad. Parece que se trata de fenómenos nuevos, cuando en realidad son continuidades de una misma historia.
El mayor error ha sido creer que redefinir el conflicto equivale a resolverlo. Mientras no se aborden las causas estructurales —desigualdad, ausencia estatal, economías ilegales—, el conflicto seguirá mutando.
Las víctimas no necesitan nuevos términos; necesitan garantías reales. Protección efectiva, justicia accesible y condiciones para reconstruir su vida. Sin eso, cualquier narrativa es insuficiente.
El Cauca carga con un dolor que se repite bajo distintos nombres. Y mientras el país siga interpretándolo como algo transitorio, seguirá fallando en ofrecer soluciones de fondo.
El conflicto cambia de rostro, pero el sufrimiento permanece. Y reconocer esa continuidad es el primer paso para romperla.

