Por: Laura Cabanzo
Moverse por Bogotá en transporte público se ha convertido, para muchos ciudadanos, en una experiencia marcada por la tensión, el estrés y la intolerancia. TransMilenio, concebido como una solución de movilidad masiva, hoy refleja una problemática más profunda que va más allá de la infraestructura: la pérdida de la convivencia y el respeto por el otro. La intolerancia se ha normalizado en buses y estaciones, y sus consecuencias ya han quedado registradas en hechos graves que no pueden olvidarse.
Empujones, insultos, gritos y agresiones verbales son parte del paisaje cotidiano. El hacinamiento, las largas esperas y la presión del tiempo generan un ambiente propicio para el conflicto. Sin embargo, estas condiciones no justifican las reacciones violentas que se repiten día a día. La excusa del cansancio colectivo ha servido para minimizar comportamientos que, en cualquier otro contexto, serían inaceptables.
Lo más preocupante es que esta intolerancia no se queda en lo verbal. A lo largo de los años, el transporte público de Bogotá ha sido escenario de hechos graves que marcaron la memoria ciudadana. Agresiones físicas, riñas mortales y situaciones extremas han demostrado que la violencia puede escalar rápidamente cuando no existen límites claros ni autocontrol. Estos episodios, lejos de ser casos aislados, evidencian una acumulación de frustración social que encuentra salida en el espacio más congestionado: el transporte.
TransMilenio se ha convertido en un reflejo de la desigualdad y el desgaste emocional de la ciudad. Miles de personas se enfrentan diariamente a trayectos largos, inseguridad, fallas operativas y falta de información. En ese contexto, la tolerancia se agota con facilidad. Pero aceptar la violencia como una reacción “entendible” es un error peligroso. Normalizarla abre la puerta a tragedias que pudieron evitarse.
La intolerancia también afecta a los grupos más vulnerables. Mujeres, adultos mayores y personas con discapacidad suelen ser las principales víctimas del irrespeto. La falta de empatía se traduce en empujones, comentarios ofensivos y negación del espacio. Esta deshumanización cotidiana deteriora el tejido social y convierte el viaje en una experiencia hostil.
No se trata únicamente de exigir mejoras al sistema, que sin duda son necesarias, sino de asumir una responsabilidad colectiva. El respeto en el transporte público no es solo una norma, es una necesidad para la seguridad de todos. Cada acto de agresión, por pequeño que parezca, contribuye a un ambiente donde la violencia se vuelve posible.
Recordar los hechos graves ocurridos en TransMilenio no es revivir el miedo, sino insistir en que no pueden repetirse. La ciudad no puede seguir acostumbrándose a la intolerancia como parte del trayecto diario. Viajar no debería ser un acto de supervivencia, sino un derecho ejercido con dignidad.
Bogotá necesita recuperar la convivencia en sus buses y estaciones. No será un cambio inmediato, pero comienza con reconocer que el problema existe. La intolerancia no es normal, y mientras se siga aceptando como parte del transporte, seguirá cobrando un precio demasiado alto.





