Por: Laura Cabanzo
Cada ciclo electoral en Colombia parece una repetición cuidadosamente ensayada. Cambian los nombres, los colores y los eslóganes, pero el libreto es casi idéntico: promesas de cambio, denuncias del pasado, gestos ensayados de cercanía y una indignación que aparece justo en época de campaña.
El discurso político se ha vuelto predecible. El candidato “outsider” que no lo es tanto, el político tradicional que promete renovarse, la narrativa del enemigo común y la salvación individual. Todo acompañado de los mismos gestos: la camisa arremangada, la caminata por el mercado, el discurso en tono épico frente a una bandera.
Más que ideas nuevas, lo que vemos es una puesta en escena repetida. La política se ha vuelto una costumbre, casi un ritual, donde importa más cómo se dice que qué se va a hacer. Y el electorado, cada vez más informado pero también más desconfiado, empieza a notar el desgaste.
Las próximas elecciones pondrán a prueba algo más profundo que los programas de gobierno: la capacidad de romper con esa monotonía. Quien no entienda que el país cambió, que las audiencias ya no creen en fórmulas gastadas, tendrá dificultades para conectar.
Colombia no necesita discursos más fuertes, sino discursos más honestos. Menos gestos y más coherencia. Menos espectáculo y más contenido.




