El campo centroamericano apuesta por semillas resistentes a la sequía ante el cambio climático

La agricultura de América Central enfrenta una presión cada vez mayor por la variabilidad de las lluvias, los períodos prolongados de sequía y otros fenómenos climáticos extremos. En respuesta, organismos internacionales, instituciones públicas, centros de investigación y organizaciones de productores han desarrollado diferentes iniciativas para ampliar el acceso a semillas y variedades agrícolas capaces de desenvolverse mejor bajo condiciones de estrés hídrico.

El proceso no corresponde a una única campaña regional ni significa que todos los agricultores centroamericanos hayan adoptado estas variedades. Se trata de un conjunto de programas desarrollados en diferentes países que buscan aumentar la disponibilidad y utilización de semillas adaptadas al clima, especialmente en zonas del denominado Corredor Seco Centroamericano.

Entre las estrategias se encuentran la reproducción de semillas mejoradas, los bancos comunitarios de semillas, la investigación participativa con agricultores, el intercambio de variedades locales y la utilización de información climática para decidir qué cultivar y cuándo sembrar.

En 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) informó de nuevos avances en Guatemala, El Salvador y Honduras, donde productores participaron en parcelas piloto destinadas a reducir los riesgos asociados con la variabilidad climática.


El Corredor Seco, uno de los principales desafíos

Una parte importante de estos esfuerzos se concentra en el Corredor Seco Centroamericano, una región que atraviesa territorios de varios países del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA).

Según la FAO, en las zonas rurales del Corredor Seco y áreas áridas de los países del SICA viven aproximadamente 21 millones de personas. Más del 20 % de la población de estas zonas trabaja en actividades agrícolas y más de un tercio se encuentra en situación de pobreza.

La organización señala que la región es especialmente vulnerable a eventos climáticos extremos. Entre los problemas identificados están las modificaciones en los patrones de lluvia y las canículas más prolongadas, situaciones que afectan directamente a los sistemas agrícolas que dependen de las precipitaciones.

Para los pequeños productores, una temporada con lluvias insuficientes puede significar una reducción considerable de la cosecha de cultivos fundamentales como el maíz, el frijol y el sorgo.

Por esa razón, la adaptación no depende únicamente de conseguir más agua. También implica seleccionar variedades que puedan soportar mejor determinados períodos de déficit hídrico y combinar esa característica con otras prácticas agrícolas.


Guatemala, El Salvador y Honduras fortalecen sus estrategias

Uno de los avances más recientes fue presentado en abril de 2026 por la FAO y el Gobierno de Brasil, junto con instituciones de Guatemala, El Salvador y Honduras.

El proyecto de Zonificación Agrícola de Riesgo Climático (ZARC) permitió desarrollar más de 190 mapas de riesgo climático, capacitar a más de 130 técnicos y establecer 120 parcelas piloto en 30 municipios de los tres países.

Estas parcelas sirvieron para probar y adaptar prácticas agrícolas a las condiciones de cada territorio. Entre ellas estuvo el empleo de semillas mejoradas y la modificación de las fechas de siembra de cultivos como maíz, frijol, sorgo y ajonjolí para ubicarlas en períodos con menor riesgo climático.

La importancia del programa radica en que la resistencia de una semilla no funciona de manera aislada. Una variedad puede tener características favorables frente al déficit de agua, pero los resultados también dependen del suelo, la fecha de siembra, el manejo del cultivo, la disponibilidad de agua y las condiciones específicas de cada zona.

Por eso, los programas de adaptación combinan semillas, información meteorológica, asistencia técnica y conocimiento local.


El Salvador impulsa bancos comunitarios de semillas

En El Salvador también se han desarrollado acciones específicas para aumentar la disponibilidad de material vegetal adaptado a las condiciones del Corredor Seco.

En marzo de 2026, la FAO informó sobre un encuentro realizado en Ahuachapán dedicado a la reproducción de semillas de granos básicos y al manejo de bancos comunitarios de semillas como herramientas de adaptación al cambio climático.

La actividad se desarrolló dentro del proyecto RECLIMA, ejecutado por la FAO junto con instituciones salvadoreñas como el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, el Ministerio de Agricultura y Ganadería a través del CENTA y el Fondo de Inversión Ambiental de El Salvador, con financiación del Fondo Verde para el Clima.

Durante la jornada se presentaron experiencias relacionadas con variedades adaptadas al Corredor Seco, entre ellas CENTA Porrillo 2020, CENTA Costeño II y el sorgo RCV, seleccionadas por características relacionadas con tolerancia al estrés hídrico, rendimiento y valor nutricional.

El proyecto también busca que las comunidades puedan producir y conservar semillas localmente, reduciendo la dependencia de sistemas externos de abastecimiento y fortaleciendo la capacidad de los agricultores para responder a condiciones climáticas adversas.


La investigación también involucra directamente a los agricultores

La búsqueda de semillas adaptadas a condiciones climáticas cambiantes no se limita a los laboratorios.

Un ejemplo es la iniciativa Seeds for Needs, desarrollada por investigadores vinculados al sistema CGIAR y organizaciones como la Alianza Bioversity International y el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT).

En Honduras, El Salvador y Guatemala, investigadores trabajaron con agricultores para identificar variedades locales de frijol capaces de sobrevivir mejor a condiciones climáticas cambiantes después de una fuerte sequía registrada en 2014.

En Nicaragua también se probaron diferentes variedades mejoradas de frijol provenientes del banco nacional de germoplasma. El proyecto utilizó mecanismos de participación de los agricultores para que fueran ellos mismos quienes pudieran comparar diferentes variedades y observar cuáles respondían mejor a sus condiciones.

Este modelo es importante porque no todas las variedades funcionan de la misma manera en todos los territorios. Una semilla que tiene buen comportamiento en determinada zona puede no ofrecer los mismos resultados en otra debido a diferencias de suelo, altitud, temperatura, enfermedades y régimen de lluvias.

Conoce el programa Seeds for Needs del CGIAR


Guatemala también registra ensayos con variedades de frijol

La investigación continúa en diferentes comunidades.

Un informe publicado en 2025 por la Alianza Bioversity International y el CIAT documentó ensayos participativos de frijol realizados en Olopa, Chiquimula, Guatemala.

Los investigadores evaluaron variedades mejoradas como ICTA Patriarca, ICTA Chortí y SMN 97, sometidas a diferentes tratamientos de fertilización. El estudio encontró diferencias en el comportamiento agronómico de las variedades y señaló una mayor tolerancia al estrés hídrico de ICTA Tahual (SMN 97) frente a ICTA Chortí dentro de las condiciones evaluadas.

Este tipo de experimentos permite generar información local antes de recomendar una variedad para una determinada zona.

Además, los ensayos participativos permiten que los agricultores intervengan en el proceso de evaluación, en lugar de limitar la selección de semillas a criterios exclusivamente definidos por investigadores.


Los bancos de semillas se convierten en una herramienta de adaptación

La conservación de semillas tiene una función que va más allá de almacenar material para la próxima cosecha.

Los bancos comunitarios permiten conservar variedades, intercambiar material entre productores y mantener disponible una mayor diversidad genética. Esa diversidad puede resultar importante cuando cambian las condiciones ambientales.

Un proyecto respaldado por el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura de la FAO trabajó con comunidades indígenas de Costa Rica, Guatemala, Honduras y Nicaragua para utilizar la agrobiodiversidad como herramienta de seguridad alimentaria y adaptación climática.

El programa estableció 23 bancos comunitarios de semillas, realizó evaluaciones participativas y permitió difundir 36 variedades seleccionadas de frijol y cinco de maíz. También desarrolló cinco variedades adaptadas de frijol y dos de maíz mediante procesos participativos de mejoramiento vegetal.

El proyecto involucró a 127 organizaciones de productores y cerca de 40.000 agricultores, según los datos publicados por la FAO.

Consulta el proyecto de la FAO sobre biodiversidad agrícola y adaptación climática


¿Qué significa que una semilla sea resistente o tolerante a la sequía?

El término puede generar confusión.

Cuando se habla de una variedad resistente o tolerante a la sequía, no significa que la planta pueda crecer sin agua o sobrevivir indefinidamente en condiciones extremas.

En términos agrícolas, normalmente se hace referencia a variedades que presentan características que les permiten mantener un desempeño relativamente mejor bajo determinados niveles de estrés hídrico que otras variedades susceptibles.

Esto puede traducirse en una mayor supervivencia, mejor desarrollo o una menor reducción del rendimiento cuando existe un período de escasez de agua.

Sin embargo, la respuesta depende de la variedad y del ambiente. La cantidad de lluvia, la humedad del suelo, la temperatura, las enfermedades, las prácticas de manejo y el momento en que ocurre la sequía pueden modificar considerablemente los resultados.

Por eso, los expertos no consideran que cambiar de semilla sea una solución independiente para todos los problemas asociados al cambio climático.


Semillas mejoradas y semillas criollas pueden coexistir

Otro aspecto importante de las iniciativas centroamericanas es que la adaptación climática no necesariamente implica reemplazar todas las variedades tradicionales.

En los proyectos de la región se han utilizado tanto semillas mejoradas como semillas criollas o locales, dependiendo de las características y necesidades de cada territorio.

La FAO informó que las parcelas piloto desarrolladas en Guatemala, El Salvador y Honduras combinaron diferentes prácticas, entre ellas el uso de semillas mejoradas y criollas, además de herramientas de planificación climática.

Esto permite aprovechar dos fuentes de diversidad: por un lado, variedades obtenidas mediante programas de mejoramiento y, por otro, materiales que las comunidades han conservado y seleccionado durante generaciones.

La diversidad agrícola puede convertirse así en una especie de mecanismo de protección frente a escenarios climáticos inciertos.


El objetivo no es solamente resistir la sequía

Aunque las sequías son uno de los principales problemas, las organizaciones agrícolas también deben responder a otros cambios.

En Centroamérica pueden presentarse períodos secos prolongados seguidos de lluvias intensas. Esto significa que una variedad o sistema agrícola debe enfrentarse a condiciones que pueden cambiar rápidamente.

El proyecto regional de la FAO sobre biodiversidad agrícola, por ejemplo, partió de un contexto caracterizado no solamente por sequías prolongadas, sino también por lluvias intensas, aumento de plagas y enfermedades y pérdidas de producción.

Por esta razón, las estrategias actuales tienden a ser integrales: semillas adaptadas, conservación del suelo, diversificación de cultivos, manejo eficiente del agua, información climática y fortalecimiento de los sistemas locales de producción de semillas.


La tecnología climática se suma al proceso

La selección de semillas es solamente una parte de una transformación más amplia.

Los programas de la FAO en Guatemala, El Salvador y Honduras están incorporando herramientas para determinar qué cultivos y períodos de siembra presentan menores riesgos climáticos.

El sistema ZARC busca precisamente proporcionar información para tomar decisiones agrícolas con base en datos sobre clima y territorio.

En las 120 parcelas piloto implementadas durante el proyecto, las familias agricultoras pudieron combinar esta información con prácticas como el uso de pluviómetros y semillas mejoradas. Según la FAO, estos cambios contribuyeron a mejorar la supervivencia y el desarrollo de los cultivos y a reducir pérdidas relacionadas con sequías y variaciones en las lluvias.

Lee el informe de la FAO sobre la zonificación agrícola de riesgo climático en Centroamérica


Un desafío que también es económico

La adopción de semillas adaptadas al clima no depende exclusivamente de que exista una variedad disponible.

Para muchos pequeños productores, el acceso al material de siembra, asistencia técnica, financiamiento, infraestructura de almacenamiento y mercados también determina si una innovación puede llegar realmente a las parcelas.

Por eso, los programas regionales han buscado conectar la investigación agrícola con organizaciones de productores, instituciones públicas, entidades financieras y sistemas de extensión rural.

En el proyecto ZARC, la FAO informó que se establecieron vínculos con 13 instituciones financieras y aseguradoras, mientras más de 20 instituciones públicas y técnicas participaron en los tres países.

Esto refleja un cambio de enfoque: la adaptación climática no se entiende únicamente como un problema de semillas, sino como un desafío que involucra toda la cadena agrícola.


Una estrategia que busca proteger la seguridad alimentaria

La importancia de estas iniciativas está relacionada directamente con la alimentación de millones de personas.

El maíz, el frijol y otros granos básicos forman parte de la alimentación y de la economía de numerosas comunidades rurales centroamericanas. Una reducción importante de sus cosechas puede afectar simultáneamente los ingresos de los agricultores y la disponibilidad de alimentos.

La FAO considera que la diversificación de cultivos y variedades, el fortalecimiento de los sistemas de semillas y la adopción de prácticas adaptadas al clima pueden contribuir a aumentar la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo también ha señalado en 2026 que la conservación y el acceso equitativo a las semillas son elementos relevantes para mantener la biodiversidad agrícola y responder a los efectos del cambio climático en América Latina y el Caribe.

Lee el análisis del PNUD sobre biodiversidad, semillas y resiliencia rural


La adopción todavía enfrenta retos

Aunque existen avances importantes, hablar de una adopción total o uniforme de semillas resistentes a la sequía en América Central sería impreciso.

Los proyectos disponibles muestran experiencias de adopción, evaluación y promoción en determinados territorios y comunidades, pero no evidencian que todos los agricultores de la región hayan cambiado sus variedades tradicionales por semillas tolerantes a la sequía.

Además, una variedad adaptada a un territorio específico no necesariamente es la mejor opción para otro.

El desafío para los próximos años será ampliar el acceso a semillas de calidad sin perder la diversidad agrícola local, fortalecer los bancos comunitarios, mejorar la asistencia técnica y utilizar información climática para que los agricultores puedan elegir las variedades y fechas de siembra más apropiadas para sus condiciones.


Una apuesta regional frente a un clima cada vez más variable

El impulso a las semillas resistentes a la sequía forma parte de una estrategia mucho más amplia para adaptar la agricultura centroamericana a un escenario de mayor incertidumbre climática.

Guatemala, Honduras, El Salvador y otros países de la región han participado en proyectos de investigación, bancos comunitarios, mejoramiento participativo y planificación agrícola que buscan reducir el riesgo de pérdidas.

Los resultados obtenidos hasta ahora muestran que las semillas pueden desempeñar un papel importante, especialmente cuando se combinan con conservación de suelos, manejo del agua, diversificación de cultivos, asistencia técnica e información climática.

En ese sentido, el reto no consiste simplemente en producir una semilla que soporte la falta de agua, sino en construir sistemas agrícolas capaces de adaptarse a sequías, lluvias irregulares y otros cambios ambientales sin comprometer la seguridad alimentaria de las comunidades rurales.

La experiencia acumulada en Centroamérica también muestra que los agricultores no son únicamente receptores de nuevas tecnologías: participan en la selección, evaluación, conservación e intercambio de semillas. Esa participación se ha convertido en uno de los elementos centrales de los programas de adaptación agrícola que actualmente se desarrollan en la región.