Diego Jaramillo Salgado
Cuando el sacerdote Camilo Torres decidió vincularse al naciente Ejército de Liberación Nacional, yo era un campesino obligado por mis padres a participar de la misa dominical, la confesión y comunión en los primeros viernes de cada mes.
Sermones
La referencia inmediata de su significado la recibía de los sermones domingueros del párroco al argumentar que una oveja descarriada se alejaba de los caminos del señor. Su llamado era a la necesidad de orar por él. Fundido en el misticismo religioso y el significado del espacio eclesial, me era difícil ver más allá de ese lenguaje. Mucho más en un pueblito del viejo Caldas, Santuario, hoy Risaralda, donde los símbolos identitarios eran estipulados por la Iglesia Católica, a través de sus rituales. Reforzados por dos celebraciones anuales de esos sentimientos de la población: Semana Santa y la fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de la parroquia. No obstante, no pocos podían desprenderse de la admiración por sus palabras reproducidas por la prensa y, sobre todo, la radio de la época. De todas maneras, él lo hacía respaldado en principios evangélicos y en la doctrina católica, enfrentando problemas de la gente del común.
De guerrillas revolucionarias poco se sabía. El rimbombante nombre de ejército dado al grupo en armas, nada representaba para la población de un pueblo apenas saliendo de la crueldad de la violencia entre liberales y conservadores. Todavía se escuchaban enunciados casi épicos de bandoleros como “Sangre Negra”, “el Mosco”, “Paticortico”, de las que consideraban hazañas frente al ejército y la policía.
Tirofijo
La aparición de “Tirofijo”, difícilmente podía desprenderse de su actuación en el largo período de la violencia, radicalizado con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Por eso, cuando la radio dio a conocer, el 15 de enero de 1966, la muerte del padre Camilo, el estupor cundió por donde se difundía. Yo escuché la noticia por Radio Sutatenza en un aparato de pilas con el cual orientaban al campesino en las labores del campo y lo adoctrinaban en principios y fiestas católicas. Dos años después realizaba un servicio militar para estudiantes que efectuábamos los dos últimos años de bachillerato.
Al finalizar, concentraron al grupo en un batallón de Cartago, Valle, durante 24 días. En una de las salidas al campo, un suboficial nos narró su participación en el enfrentamiento que llevó a la muerte de Camilo.



