Por Diego Jaramillo Salgado
En la filosofía política el principio de solidaridad se hizo popular, quizá, desde la revolución francesa. Los revolucionarios galos lo enunciaron bajo la denominación de fraternidad, con lo cual daban entrada a la posibilidad de la realización del llamado “bien común”. Pensado desde el individuo, pero aceptando su vida en relación con los otros. La opción de generalización de las libertades traía consigo la necesidad de que ellas no se sobrepusieran al tejido social obligatorio para poder vivir.
Amor
Quizá el lema cristiano “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado” cumplía la misma función. Aunque limitada por la versión metafísica de un ente superior mediador de las relaciones sociales que lo posibilitara. Su significado en el mundo de hoy es mucho más necesario por la individuación que la sociedad de mercado ha impuesto. Quiere decir esto que entre más se vulnera el tejido social, por el predominio del interés individual, se vuelve perentorio el llamado a incentivar las formas de comunicación que fortalezcan encuentros entre los seres humanos. Si bien lo anterior es una orientación general, dicho principio se vuelve indispensable en las prácticas propias de la vida cotidiana. Incluye, por supuesto, el nivel familiar como parte inicial de toda relación humana. No obstante, no se agota en ello; en tanto que las prácticas sociales se multiplican en el horizonte de toda acción social. Aspecto bastante contradictorio con la realidad en que nos desenvolvemos pues a la miseria económica y social de la sociedad se le suma la humana, a través de la degradación o anulación de los mínimos valores requeridos para la convivencia.
Empatía
Bastaría solo con transitar un corto tiempo por algunas de las calles de nuestras ciudades para constatar la falta de empatía con quienes han sido temporalmente condenados a lo peor de lo que la sociedad registra. Solo en sectores comunitarios, tanto de la ciudad como del campo que auspician procesos y proyectos fortalecedores de sus relaciones vitales, se logra dar un sentido radical a la solidaridad. Ya no simplemente como asistencia a quien ocasionalmente expresa su fragilidad, sino parte de la vida del entramado colectivo hecho posible entre unos y otros. Nichos esperanzadores inscritos en utopías que abren el camino hacia la opción de la construcción de una sociedad en que los lazos entre los seres humanos, y los de éstos con la naturaleza, sean tan fuertes e irreversibles en función del vivir bien.




