Si hay algo triste e insoportable para la sensibilidad humana es sin duda la muerte de un niño. Terrible si es violenta. Pero más lúgubre resulta si se trata de un suicidio. El suicidio de un niño. Es un concepto casi inhumano. Nada debería vincular la idea de la niñez con la de una decisión como la de quitarse la vida. Es antinatural, no cabe en la cabeza, cuesta digerirla. Pero somos una sociedad enferma, dañada, con un grado de perturbación tal, que ese hecho terrible sí tiene cabida. Una sociedad que puede llegar a provocar tal grado de sufrimiento en unos seres que apenas están empezando a conocer el mundo, que los obligan a tomar una decisión brutal. Por lo tanto hay cifras. Cifras del horror. Decir que el Gobierno, las instituciones educativas, las familias, las instituciones en general deberíamos preocuparnos por el hecho de haya niños que se suiciden suena a poco, tiene un tono de indiferencia cruel. Lo que deberíamos es sentirnos horrorizados. Parar todo, detener la economía, como si se tratara del Covid. Salir a la calle en masa. “¡Algo está pasando, algo estamos haciendo mal, equivocamos el camino!”. Pero increíblemente no pasa nada. Finalmente no dejan de ser ‘casos de suicidios’. Engrosan las estadísticas. A nadie le importa. El dolor inhumano de ese niño se quedará en silencio, nadie lo reparará, al menos en esta vida. El que lo provocó o los que lo provocaron seguirán con lo suyo, como si nada. Pero los números están, y son testigos fríos de una realidad vergonzosa al límite. El Ministerio de Salud, según la Encuesta de Salud Mental, en promedio cada 30 horas un niño o niña comete un suicidio y cada 23, intenta hacerlo. El Cauca tiene una de las cifras más altas en Colombia. No escondamos la cara, dejemos por un momento el tema del Covid, apartemos la vista del Facebook o el Whatsapp, entendamos esta realidad obscena. Cada 30 horas un niño se quita la vida porque no la soporta. Eso es una cifra muy cercana a un caso por día. Por fortuna hay instituciones como la Alianza por la Niñez Colombiana que escapa de la indiferencia general y se mete en el túnel oscuro de la salud mental de los niños, en sus números, con el propósito de entender el fenómeno, para sacarlo de lo oculto, de visibilizarlo.



