Las viejas bibliotecas

Atrás quedaron los tiempos en los que investigábamos en las bibliotecas públicas. La lectura, el análisis, el resumen, la transcripción, eran nuestras herramientas para extraer el conocimiento de esos libros que una vez usados volvían al reposo de las estanterías. Estaba la vieja y acogedora biblioteca Rafael Maya que tuvo varias sedes y la del Banco del Estado que tenía cierta sofisticación y confort, con sus salas de lecturas alfombradas era una verdadera delicia para los lectores compulsivos. Casi siempre estaban repletas y la amable funcionaria que recibía las solicitudes de libros no se daba abasto. Había ‘clientes’ habituales, lectores contumaces, con sus miradas ávidas siguiendo con voracidad las líneas de periódicos y revistas. En la biblioteca Rafael Maya habitaba el silencio, con sus pasillos umbrosos, sus suelos de piedra. Allí uno mismo podía recorrer sus
estanterías y degustar la lectura en cualquier pupitre
solitario. Sobrevive por fortuna la del Banco de la República, siempre animada de estudiantes, donde se conserva como un tesoro ese ambiente académico, de silencio, casi litúrgico donde los libros siguen siendo los elementos fundamentales de la vida. Afuera de una biblioteca el mundo parece simplón, vulgar, anodino. Estar entre los libros era sentirse protegido, como en el útero de una madre; abrigado, tibio. Allí rondaba el misterio presto a escapar y liberarse en el aire. La irrupción de la tecnología en nuestras vidas como un elefante en una cristalería ha echado a perder todo el mundo místico alrededor de las bibliotecas. ¡Shiiii! Nos decían para callarnos, con el dedo en la boca. Había que respetar el silencio, la concentración de los lectores que parecían como poseídos por un extraño y pode-roso narcótico, inclinados sobre los libros. Allí no era bienvenido el agite, el afán, lo superfluo, ¡Shiiii!, y caminábamos con pisadas de gato como entrando a una gruta sagrada en la que había que ser sutiles para no despertar a un ogro dormido. Y entre las páginas de los grandes autores que saboreábamos después de los obligatorios textos escolares, una vez terminadas nuestras juiciosas tareas, como si fuera el delicioso postre, el tiempo se iba, perdía su peso, se resquebrajaba. Pero el embrujo se interrumpía de repente con las luces que hacían titilar los bibliotecarios para anunciar la hora de cierre, y teníamos que salir. Afuera nos esperaba la tarde vieja
y la noche aun joven, y la vuelta a casa en silencio.