Jair A. Dorado
Iván Cifuentes, un joven que no supera los 20 años de edad, fue asesinado en la madrugada del sábado en el Valle del Ortigal, al occidente de Popayán. El homicida; un tal ‘Brayan’, otro muchacho de 17 años de edad, que tuvo que ser sacado por la Policía, con tanqueta y todo, pues los enfurecidos amigos y familiares de la víctima pretendían lincharlo. Hubo amago de asonada, cruce de disparos, fuego, y mucho nerviosismo. Todo en medio de cientos de vecinos que habitan estas viviendas y edificios de interés social, delante de niños y adultos mayores. Hace exactamente una semana fue asesinado otro chico de 17 años de edad, amigo del muerto del sábado. Muertes, retaliaciones, venganzas, ajustes de cuentas, violencia se amalgama para crear un pantano aciago donde acaban las vidas de miles de jóvenes en Colombia y del que Popayán no se salva. Asistimos a sucesos que hace unos años nos eran ajenos y que ahora se han vuelto cotidianos. La falta de empleo, de estudio, de oportunidades, en últimas de futuro, arrastra a miles de muchachos a buscar sus proyectos de vida en el mundo de la ilegalidad. Y es ahí cuando surge el engaño, la calle, el menudeo de drogas, el raponazo, la cultura del dinero fácil. Y también la otra cultura: la música, la TV, el cine, que no hacen más que exaltar espíritus hedonistas, en los que la imagen, la aceptación y la postura es lo que vale. Los valores humanos y el valor de la vida misma no son relevantes; solo importa el momento, el placer la exposición de un ‘yo’ desfigurado, que no es otra cosa que el concepto de imagen idealizada del que habla la psiquiatría. La cultura narco surge entonces como un gran bazar en donde los chicos despersonalizados, incultos, muchas veces violentados en sus propios hogares, sin padres, sin tutores válidos, son la carnaza. Les ofrece todo lo que ellos anhelan: dinero, un buen carro, respeto, moda, imagen. Un lugar en el mundo. Pero lo que nadie les ha dicho, es que no todo lo que brilla es oro, que detrás de esto hay una trampa, que hay mucha puertas de entrada y muy pocas de salida (a veces ninguna). Que cárceles, hospitales y cementerios están colmados de jóvenes que eligieron ese estilo de vida. Y lo triste es que muchos de los que acaban desangrándose por una bala o una puñalada se van sin entender, casi sin sospechar que había ‘otras’ posibilidades más allá de la esquina, la pandilla o las armas.

