Diego Jaramillo Salgado
El lingüista francés Roland Barthes afirma que el lenguaje está inscrito en relaciones de poder o, simplemente, lo produce. Sin ir más lejos, es lo que inmediatamente uno puede concluir de lo que ha sido este cambio de gobierno. No solamente relacionado con la política sino con todas las prácticas de la vida social y cultural. Mucho más en un proyecto gubernamental que parte del principio básico de la integralidad en su ejercicio. Desde la campaña electoral, Francia Márquez había vuelto popular el vivir sabroso que, junto con el vivir bien y buen vivir, recorren hoy el palacio de gobierno y espacios de la sociedad. La orden, inmediatamente después de posesionarse, de llevar a ese acto solemne la espada de Bolívar estuvo cargada de símbolos: volver la mirada al Libertador, recordar su origen en el M-19 y plantear de entrada la subordinación del poder militar al civil. Lo mismo que hacerlo frente a una multitud, predominantemente popular.
Ya no se habla de concentración de la tierra sino de distribución. La explotación petrolera, carbonífera y de gas pasará lentamente a una transición a energías amables con la naturaleza. Ésta ya no será la fuente utilitarista que la humanidad adoptó desde el siglo XVI con el nacimiento del capitalismo. Las recomendaciones de la Comisión de La Verdad y las decisiones de la JEP no serán parte de una connivencia con el terrorismo sino eje de las propuestas gubernamentales. Lo mismo que los acuerdos de La Habana. De ellos, la solución al problema de tierras, los cultivos de uso ilícito y al ejercicio de la política, serán retomados como parte central de sus propósitos. A la eliminación del contradictor, se plantea ahora la paz total y el diálogo para solucionar conflictos. Los favorecimientos a las grandes empresas y grandes capitales por parte del Estado, cederán pasando a una tributación equitativa y progresiva, en proporción a la que efectúan los sectores más pobres. Si el Esmad y el ejercicio de la policía recreaban toda movilización social como asociada con el terrorismo, hoy se identifica en ellas un derecho pleno a la protesta y a su control bajo criterios propios del ejercicio de la democracia en una institución policial. A la camorrera política internacional, ahora se opta por establecer relaciones que posibiliten acuerdos entre los estados para unirse en torno a acciones incidentes en el orden mundial y en el campo regional. Hasta un hecho aparentemente anecdótico como el traslado de la escultura de la Paloma de la Paz a la casa de gobierno, ambientan este cambio del lenguaje presidencial hacia su concreción de mandatos que posibiliten una sociedad más justa y equitativa.





