
Ya se empiezan a barajar las cartas políticas, sutilmente. Los primeros precandidatos como quien no quiere la cosa se rebuscan avales, respaldos y empiezan a hacer cuentas. De plata y de votos. De la plata que se necesita para arrancar una campaña con alguna posibilidad de éxito y del número de votos que se necesita para llegar a buen puerto. Ya se empieza a pensar en la compra de votos.
Cálculo
Todo es un ejercicio de cálculo. Cuánto, cuándo quién y dónde. La política y las campañas no dejan de ser empresas como cualquier otra y como tal, es una inversión. Se invierten recursos, tiempo, energía y mano de obra, con los cuales se espera obtener un retorno en un futuro. Los inversionistas de una campaña política se la juegan con un candidato para obtener contraprestaciones una vez se logre el objetivo. Eso es lo normal. El juego democrático por lo tanto no se desarrolla en condiciones de equidad ni igualdad; no todos los candidatos tienen las mismas posibilidades, ni el mismo respaldo, ni el mismo nivel económico. Sin embargo es el ciudadano el que finalmente tiene la posibilidad de elegir en medio de todo el juego. Es entonces cuando podemos entender el poder del voto, y la gran necesidad de que la gente vote bien, de que sea consciente, que esté informada. Es la única manera de dar algo de justicia dentro de un escenario injusto.
Deber social
Como medio de comunicación siempre tendremos la obligación social de pedir al ciudadano que vote bien, que valore, que no entregue su voto al mejor postor como si fuera una mercancía. Mire quien tiene antecedentes por malos manejos, por falsedad, por incumplimiento, por inutilidad. Recuerde que con cada voto se está edificando de alguna manera el futuro de las generaciones que vienen, de sus hijos, nietos. Es necesario cimentar unas redes políticas sobre personas al menos honestas. La honestidad no es un valor muy frecuente, pero tenemos que tratar de rescatarlo. No hay otra opción. La compra del voto no solo es un acto ilegal, si no que afecta la democracia al violar varios de sus principios y al socavar el funcionamiento de las instituciones políticas. Con la compra de votos las elecciones dejan de ser libres y equitativas. El ciudadano que vende su voto, pierde la capacidad de cuestionar a los gobernantes elegidos sin importar si la persona que ocupa el cargo público representa o no sus intereses.





