Con un tiro en la cara y otro en el pecho, un sicario mató al argentino Bruno Bussanich, de 25 años, en la gasolinera de Rosario donde trabajaba el sábado por la noche. Días antes, en la misma ciudad de Argentina, también habían sido ejecutados a quemarropa los taxistas Héctor Figueroa y Diego Celentano, de 43 y 32 años, y el conductor de autobús Marco Daloia, de 39, quien agonizó 72 horas antes de fallecer. Los cuatro asesinatos fueron cometidos por bandas narcocriminales que han sembrado el terror en Rosario como respuesta a la política de mano dura en las cárceles dispuesta por el presidente Javier Milei y el gobernador de la provincia de Santa Fe, Maximiliano Pullaro. “Vamos a matar a más inocentes por año”, decía un mensaje escrito a mano en la gasolinera donde se cometió el asesinato de Bussanich. “Queremos nuestros derechos. Ver a nuestros hijos y familia”, continuaba como justificación de los crímenes cometidos.
Pullaro ha ofrecido una recompensa de diez millones de pesos (unos 10.000 dólares) a quien aporte pistas para capturar a los responsables de los asesinatos y el Gobierno nacional ha advertido que no retrocederá “ni un milímetro” en su lucha contra el narcoterrorismo sino que la reforzará. A partir del martes se desplegarán más policías en las calles, en especial en horario nocturno, y se tomarán nuevas medidas para acorralar “a cada uno de los miembros de las bandas”, informó la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich.
Rosario es la ciudad más violenta de Argentina debido a la rivalidad de bandas criminales asociadas al narcotráfico, como Los Monos. La mayoría de asesinatos de los últimos años estuvieron vinculados a ajustes de cuentas entre las propias bandas, pero las víctimas más recientes de los sicarios han sido elegidas al azar y han desatado el pánico.
El domingo por la noche hubo un cacerolazo de protesta desde los balcones y al día siguiente la ciudad amaneció paralizada. Las clases se suspendieron y tampoco funcionaban los autobuses, los taxis ni el servicio de recolección de basura. En los hospitales se cancelaron los turnos programados y sólo se atendían emergencias. Los ciudadanos se sienten rehenes de la escalada de la violencia y piden poder salir a las calles sin miedo. “Pedimos paz”, escribió en sus redes sociales el astro del fútbol rosarino Ángel di Maria junto a una fotografía de la ciudad con un gran lazo negro de luto.
La tasa de homicidios de Rosario, de 22 cada 100.000 habitantes, quintuplica el promedio nacional, pero ningún gobierno ha sabido solucionar un problema que se ha vuelto más complejo a medida que el narco se infiltraba en las fuerzas policiales y judiciales de la provincia.




