La muerte en la calle

Lo del sicariato se ha vuelto un asunto cotidiano en la ciudad de Popayán, fruto, cómo no, del deterioro progresivo de los valores que estamos sufriendo como sociedad en particular y como género humano en general. Por lo tanto ya ha dejado de impresionarnos, no genera conmoción una muerte violenta en nuestras calles porque es algo ‘normal’, como es normal la corrupción, la cultura ‘narco’, la mentira, la intolerancia, la indiferencia. 
Pero no siempre fue así. La violencia era repelente y causaba perturbación. Las escenas dispersas que tuvimos la desgracia de contemplar en la agitada década de los 80, siendo niños los de mi generación, nos dejaba una impronta indeleble. Una mañana cualquiera, en el camino al colegio me encontré con el cuerpo cubierto por una sabana que en ese momento ya había dejado de ser blanca por la profusión de sangre. Era un reconocido periodista de la radio atacado a bala cerca a su casa en el tradicional barrio Santa Inés. 
 Y la escena no me permitió concentrarme en nada aquella mañana en clases, no me abandonó en toda la tarde e irrumpió en forma de pesadillas durante la noche. Al día siguiente, en la misma ruta hacia el paradero de buses, la calle estaba solitaria, no habían cuerpo, sábana, ni sangre. Un perro mordisqueaba un hueso en la esquina y una muchacha del servicio barría un antejardín con desgano. Pero yo seguía viendo a los policías malhumorados, a la señora arrodillada frente al cadáver, la mancha roja extendiéndose por el asfalto crudo. 
La imagen no me abandonó en todo el año y cada vez que paso por la calle donde los vecinos han cambiado, y las fachadas tienen otros colores, recuerdo todo como si hubiera sido ayer. Hace poco cerca al barrio donde vivo ahora, décadas después, con la infancia perdida entre las brumas del tiempo, fue asesinada otra persona. Hubo policías, curiosos, sábana y sangre. En la tarde todo estaba impoluto, el trajín de la calle como cada día. Es muy raro el día que recuerde aquel suceso, la muerte ya no impone, es tan vulgar como la vida misma. 
Y así sigue la violencia, un rosario de muertos y un reguero de cadáveres en una espiral que no da tregua, que no amaina. Viendo el panorama uno no sabe qué es peor, si la cama del hospital o los recovecos de pueblos y veredas de esta Colombia profunda. Y en medio de todo la gente sale a la calle, tranquilamente, sin ponerse a pensar mucho en lo que le espera. Seguimos vivos, ¡Qué carajo!, igual hay día sin Iva, igual las fiestas de Navidad están al caer, igual hay fiesta. La vida es una fiesta, de una u otra manera. Estar vivo es una gran y enorme ventaja 

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