Hablar de igualdad de género sigue siendo necesario, urgente y legítimo. Sin embargo, en medio de esa conversación indispensable, han surgido posturas extremas que terminan debilitando la causa que dicen defender. No todo cuestionamiento al feminismo radical es machismo, ni toda crítica implica negar los derechos de las mujeres. Confundir esos matices ha generado un debate cada vez más polarizado y menos constructivo.
La igualdad de género parte de una premisa sencilla: hombres y mujeres deben tener los mismos derechos, oportunidades y garantías. No más, no menos. Cuando esa idea se transforma en una competencia de víctimas o en una narrativa de confrontación permanente, se pierde el foco. El objetivo no es reemplazar una desigualdad por otra, sino construir equilibrios.
El feminismo, históricamente, ha sido clave para conquistas fundamentales: el derecho al voto, a la educación, al trabajo digno, a decidir sobre el propio cuerpo. Negar eso sería irresponsable. Pero también es cierto que algunas corrientes actuales han derivado en discursos que generalizan, excluyen o deslegitiman cualquier visión distinta, incluso dentro del mismo movimiento.
El feminismo extremo tiende a simplificar una realidad compleja. Presenta a los hombres como antagonistas universales y a las mujeres como víctimas homogéneas, ignorando que los derechos también se vulneran desde múltiples frentes. Hay hombres víctimas de violencia, discriminación y abandono institucional, temas que rara vez encuentran espacio en el debate público sin ser minimizados.
La igualdad real no se construye desde el señalamiento constante ni desde la censura del disenso. Se construye con políticas públicas, educación, justicia efectiva y cambios culturales profundos. Y eso requiere diálogo, no imposición.
En Colombia, la discusión se ha contaminado de extremos. Cualquier crítica a ciertos discursos se convierte rápidamente en linchamiento digital. Se cancelan voces, se descontextualizan opiniones y se pierde la posibilidad de debatir con altura. Defender la igualdad no debería implicar anular la libertad de pensamiento.
Además, el enfoque exclusivo en el género muchas veces invisibiliza otros factores determinantes: clase social, territorio, etnia, educación. No es lo mismo ser mujer en una ciudad que en una zona rural golpeada por la violencia. Tampoco es lo mismo ser hombre con privilegios que uno sin oportunidades. La desigualdad no es una sola, ni se resuelve con consignas.
La lucha por los derechos no debería convertirse en un negocio político ni en una plataforma de protagonismo. Cuando el discurso se radicaliza, se corre el riesgo de perder aliados y, peor aún, de generar rechazo social hacia causas legítimas.
La igualdad de género no necesita gritos constantes, necesita coherencia. No necesita enemigos, necesita soluciones. No necesita dividir, necesita sumar.
Reconocer que hombres y mujeres pueden verse vulnerados no le quita valor a la lucha femenina; la fortalece. Porque una sociedad justa no se construye enfrentando géneros, sino garantizando derechos.
El reto está en volver al centro: igualdad, respeto y dignidad para todos. Sin extremos que distorsionen el propósito original.





