El pundonor de Junín Bajo

Gente corajuda la del barrio Junín Bajo, que ante las adversidades contra las que viene luchando hace años, no se rinde y con sus propias manos ha ido realizando obras de infraestructura para mejorar la calidad de vida de los vecinos. Y esta es  la historia del pundonor y el coraje pero sobre todo es la historia del abandono estatal. Recordemos que este barrio está ubicado en una zona inestable, con pendiente, junto al río Molino, unas condiciones que generan permanentes riesgos especialmente en temporada de lluvias. El pasado mes de octubre saltaron las alarmas por un probable movimiento de tierras que amenaza arrastrar unas viviendas ubicadas en una de las zonas más escarpadas del sector. 
Lo dramático de la situación es que ante esa amenaza no existe más solución que abandonar e irse a vivir a otro sitio, pero las familias que habitan estas casas no tienen a dónde ir. Que más quisieran ellas que tener otra opción.  Una de las ciudadanas afectadas lleva viviendo en este lugar más de 4 décadas, pero desde hace solo 8 meses hay un proceso continuo de desprendimiento de tierras. Hay varias personas, incluidos menores de edad en peligro inminente. Desde la Administración Municipal no hay ninguna respuesta ni ayuda. El consejo que les dan desde la Oficina de Gestión de Riesgo es casi insólito: “cuando escuchen que hay tempestad deben salir de la casa”. Pero la respuesta de una de las afectadas es igual de desesperanzadora: “¿y yo para dónde me voy a ir?”.    
Pero como decíamos al principio los vecinos trabajan para arreglar espacios de integración comunitaria. Recolectaron recursos para la adecuación de la caseta comunal. Realizan grandes esfuerzos por medio de mingas y otras actividades, sin embargo no es suficiente, los recursos son escasos. Han construido escaleras, muros de contención para minimizar el riesgo de derrumbe, andenes y han acondicionado un espacio deportivo.
Ahora le hacen un llamado al acalde de Popayán para que los visite y vea con sus propios ojos lo que han hecho, esperando que de esa manera los pueda ayudar, al fin. Esperan que les de otras opciones distintas a las lapidarias recomendaciones de la Oficina de Gestión del Riesgo, que lo único que les dice es que deben trasladarse cuando sientan que se les puede venir el peñasco encima. A estas comunidades empoderadas y unidas se les debe dar un empujón por parte del Estado, aunque sea con materiales de construcción para que ellos mismos sigan edificando sus proyectos de vida.  
Requieren un sitio de reunión con todas las condiciones necesarias y un espacio de recreación para que los niños y jóvenes puedan canalizar sus energías vitales y no se sientan tentados al abismo de las drogas o el delito. Y eso es urgente.

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