La libertad

Juan Esteban TróchezEsteban Tróchez

El término sobre el que hoy nos es debido reflexionar es la libertad. Un concepto confuso, contradictorio en algunos casos, indescifrable la mayoría del tiempo y doloroso algunas veces. Existen muchas concepciones sobre la libertad, y debido a lo confusas que pueden parecer, deben ser materia de un estudio crítico y detallado, sin embargo, por el momento analizaremos una concepción de libertad específica y, en especial, conflictiva y extremadamente individualista 
Se trata de la libertad en la que nadie puede interferir con mis acciones, es decir, mis actos no tienen límites, porque esos límites significan una pérdida de libertad, como dice Isaiah Berlín en su texto, “Cuatro ensayos sobre la libertad”: “Yo no soy libre en la medida en que otros me impiden hacer lo que yo haría si no me lo impidieran”. Esta concepción, a pesar de ser bastante aceptada, es reduccionista, puesto que ignora un hecho y es que el ser humano, en muchos casos, se encuentra limitado por sus propias adicciones y necesidades más bajas; en ocasiones, a pesar de considerarnos animales racionales, somos simples bestias dominadas por nuestros instintos. En este sentido, lo anterior ignora que el ser humano no sólo pierde libertad cuando es condicionado por otros hombres, sino que muchas veces es él mismo quien se encarga de eso. Y eso esta concepción lo ignora totalmente.
Por otra parte, se entiende que en esta concepción la libertad no tenga límites, pero otro problema aparece aquí, y es el hecho de que parece imposible –si es que no lo es- vivir en sociedad sin unos límites claros que se anteponen sobre la libertad individual y la aplastan. Ya lo decía bastante claro Sigmund Freud en su libro “El porvenir de una ilusión”, donde menciona claramente que “la inseguridad que amenazaba la vida por igual de todos los hombres acabó por unirlos en una sociedad que prohibió al individuo tentar contra sus semejantes (…)”. Este es un claro ejemplo de reglas sociales impuestas al individuo en pro del bienestar común.
Si alguien osara romper este mandamiento divino de la sociedad, se encontraría automáticamente con repercusiones severas, puesto que, en la sociedad, nada está por encima del todo, de la voluntad de la mayoría. En este contexto, el individuo se ve claramente superado, y su libertad sin límites se haya coaccionada y limitada por dicha voluntad de la mayoría. 
Por lo tanto, podemos concluir que la veracidad de este argumento tiene un límite, y es que el ser humano hace mucho que renunció a este tipo de libertad para poder vivir en la sociedad. Sin embargo, también concluimos que la libertad no sólo puede pensarse a nivel externo.

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