La trapacería del plagio

Diego Jaramillo SalgadoPor Diego Jaramillo Salgado

El diccionario de la Real Academia Española define plagio como: “copiar obras ajenas” y, en el origen de la palabra, como “trapacero, engañoso”. Se trata, por tanto, de la ilegitimidad de aquello que se presenta como propio. Es la forma de designar el fraude a un interlocutor que presupone la honestidad de quien se presenta como autor de un documento. Con mayor razón en los que proceden de la función pública. Al parecer, nada de esto conoce la parlamentaria acusada hoy de haberlo cometido. Tampoco de dignidad ni de responsabilidad, si tenemos en cuenta el cargo que ostenta: nada menos que un poder delegado de sus electores. Ya antes se había producido esta discusión con un, en ese entonces, representante a la cámara del Cauca. En la esfera pública se dio con un columnista de la revista Semana. Bastante controvertido por el reconocimiento del periodista implicado. También se ha conocido de planes de desarrollo copiados y de documentos de diferentes entidades realizados con el mismo procedimiento.
Sin embargo, podría decirse que el ámbito, por excelencia, de discusión sobre la originalidad de los textos, es el académico. Una razón salta a la vista: es donde se desarrollan investigaciones con carácter de cientificidad. Sus resultados activan las diferentes acciones de la vida económica, tecnológica, social y cultural de una sociedad. Por ello, se espera que cumplan requisitos básicos de ética y bioética en la realización de sus trabajos. Se supone sea el espacio en que se debe cuidar con radicalidad el cumplimiento de sus principios para que efectivamente sean un aporte a la sociedad y no un engaño. No hace muchos años la Universidad del Cauca destituyó un profesor a quien se le comprobó un plagio. De otro, con igual denuncia, nunca se supo de los resultados de la investigación. En la Universidad del Valle sucedió algo similar. 
La discusión actual es importante en dos direcciones. Se produce por el fraude comprobado a una institución universitaria y se efectúa por quien por su investidura posaba de defensora de la lucha contra la corrupción. De la cual hace parte un acto delictivo como estos. La degradación de la política es tal que los congresistas rompen quórum para no garantizar la renuncia o cambio de la implicada. O, simplemente, justifican su acción con el argumento de respetar el debido proceso. Su propio partido hace caso omiso de lo puesto en juego; aunque infinidad de veces invoque hasta principios religiosos sobre problemas similares. Si la responsable fuera una de izquierda o de oposición todas las instituciones la llevarían al cadalso.

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