Durante mis años de universidad, la inteligencia artificial era un tema que generaba más miedo que curiosidad. Se hablaba de ella como una amenaza: la tecnología que desplazaría empleos, deshumanizaría los procesos y convertiría al profesional en una pieza prescindible. Muchos la veíamos como un enemigo silencioso, uno que avanzaba sin pedir permiso y que, tarde o temprano, nos dejaría sin espacio en el mundo laboral. Hoy, con más experiencia y con los pies puestos en la realidad, esa percepción ha cambiado profundamente.
La inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su impacto depende del uso que le demos. En el campo laboral, lejos de eliminar al ser humano, ha demostrado ser un aliado práctico, eficiente y, en muchos casos, necesario. Automatiza tareas repetitivas, optimiza tiempos y permite que los profesionales se concentren en lo que realmente importa: el análisis, la creatividad y la toma de decisiones.
En el periodismo, por ejemplo, la IA no escribe columnas con criterio propio ni investiga con sensibilidad social. Pero sí ayuda a organizar datos, revisar textos, analizar tendencias y agilizar procesos que antes consumían horas. No reemplaza el juicio ético ni la responsabilidad informativa, pero sí fortalece el trabajo cuando se utiliza con conciencia y límites claros.
El verdadero problema no es la inteligencia artificial, sino la resistencia al cambio. Colombia, como muchos países de la región, aún enfrenta una brecha tecnológica que genera temor. Se confunde modernización con deshumanización, cuando en realidad el reto está en la capacitación y la adaptación. Negarse a entender la IA no la detiene; simplemente nos deja atrás.
En el ámbito laboral, quienes aprenden a usar estas herramientas tienen una ventaja competitiva evidente. No se trata de saberlo todo, sino de saber apoyarse en la tecnología para trabajar mejor. La IA no piensa por nosotros, pero sí nos permite pensar con más información, más rapidez y mayor alcance.
También es importante reconocer los riesgos. La dependencia excesiva, la falta de regulación y el uso irresponsable pueden generar problemas éticos y laborales. Por eso, la discusión no debe centrarse en prohibir, sino en educar. Universidades, empresas y el Estado tienen la responsabilidad de formar profesionales críticos, capaces de usar la inteligencia artificial sin perder su criterio humano.
Hoy entiendo que el miedo que sentíamos en la universidad nacía del desconocimiento. La IA no llegó para quitarnos el trabajo, sino para obligarnos a evolucionar. Y ese, aunque incómodo, es un desafío necesario. El futuro laboral no es humano contra máquina, sino humano con máquina, siempre que el control, la ética y la decisión sigan estando en manos de las personas.
Laura Cabanzo





