En la nota judicial aparecen la fotos de tres personas. Son fotografías tipo carnet. Seguro fueron tomadas para cumplir algún requisito formal. Un documento, una identificación, una hoja de vida. Las fotos parecen haber sido organizadas según la edad. La primera de izquierda a derecha es un rostro infantil. El texto dice que se trata de un chico de 15 años de edad nacido en el Huila. El retrato debió haberse tomado años atrás, pues no aparenta más de 10 años. Tiene la mirada triste de un niño triste, como si de alguna manera su infancia hubiera sido apagada por un presentimiento profundo, por una certeza lúgubre que al final acabó siendo ineludible: su cuerpo sin vida yace desde hace días en una fría bandeja de Medicina Legal en Popayán. A la derecha, la foto de un hombre natural del municipio de Rosas, 34 años de edad. Finalmente un individuo de 48 años oriundo de Cajibío. Los tres jamás se conocieron. Sus vidas recorrieron caminos divergentes, separados, distantes, con preocupaciones y alegrías únicas. Pero esos mismos caminos acabaron convergiendo en el escenario de la muerte, de la morgue. Quizá ahora están juntos, en algún lugar que nosotros desde acá, desde el plano de los que aun respiramos, no podemos comprender, que es apenas como un presagio, como una confusión entre la idea de una persona que ya no está en este mundo y su mirada confiada, melancólica o agresiva impresa en un papel ajado de periódico.
Miles de cuerpos de hombres y mujeres acaban en fosas comunes porque nadie los reclama. Hay varias razones para que suceda esta situación. Entre ellas está el miedo. Desde Medicina Legal se ha dicho que este drama se traduce en el miedo que sentían los colombianos en denunciar y buscar su ser querido desaparecido, ya sea porque era víctima o integrante de algún grupo ilegal. Hay otros casos que no tienen que ver con el conflicto armado. Simplemente son personas que han perdido el contacto con sus familiares o no los tienen. Habitantes en condición de calle especialmente. Los casos de niños o menores de edad resultan estremecedores, porque uno no llega a explicarse cómo hay padres, familiares o tutores que no se acercan a reclamar los restos de esos pequeños. No puede uno dejar de pensar que esas vidas eran bastante desafortunadas, y que el abandono en vida continuó en la muerte.





