Los viejos

Otra vez, tristemente hay que hablar de lo ingrata que es esta sociedad con los viejos, a los que ahora se les nombra con eufemismos como ‘adultos mayores’, ‘los de la edad dorada’, o simplemente con el muy cercano y entrañable ‘nuestros abuelos’. Pero en realidad para mucha gente, y principalmente las entidades oficiales no son más que viejos, a los que no hay que pararles muchas bolas, pues al fin y al cabo están que se mueren, no tienen energías para protestar. Invertir en ellos no es popular, no generan votos.

Menosprecio

Y hablamos especialmente de los viejos de los sectores vulnerables, pues los de familias pudientes, a no ser por el menosprecio emocional que no es nada raro en esta época de consumismo desaforado y alienación tecnológica, tienen garantizadas ciertas condiciones dignas de vejez; hablamos de los abuelos de los sectores vulnerables.
Las comunidades de varias veredas de Popayán, denunciaron el descuido sistemático de la Administración hacia los adultos mayores de la zona rural, los recursos que se destinan para estos programas son casi nulos, y según los líderes, las dependencias se enfocan con exclusividad en los de la ciudad. Por allá no saben lo que es una brigada de salud, recreación, o actividades físicas programadas.

En el barrio Junín

Pero es que ni en la ciudad, porque la gente del barrio Junín dice que la situación de los adultos mayores de ese sector es precaria, son los mismos habitantes, con sus propios recursos, los que les organizan de vez en cuando alguna actividad. Muchos vagan por las ciudades implorando una limosna o ejerciendo labores para las que ya sus cuerpos no están preparados. En el campo, los viejos, hombres y mujeres, siguen agachando la espalda en los cultivos y cargando a sus espaldas bultos imposibles para ganarse el pan de cada día. La muerte los sorprende cualquier día en el tajo. Los que todavía no lo somos deberíamos reflexionar sobre este asunto, porque la vejez nos llega a todos y tal vez lo que ahora estamos haciendo con nuestros ancianos, nos pueda ocurrir a nosotros, y esta reflexión debería llegar no solo a las familias si no a las instituciones de carácter social. La gente de la tercera edad merece toda la consideración, el respeto y el cuidado que se le pueda dar como organización social.