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Lunes, Julio 13, 2020 - 20:19
Milena Escue, habitante de La Fortaleza

Por: Jair Alexander Dorado Zúñiga

La llegada del coronavirus al país, ha empujado a millones de familias colombianas que ya vivían en un estado de vulnerabilidad, a una crisis socioeconómica de proporciones dramáticas.

Las restricciones a la movilidad y las medidas de aislamiento que se han impuesto para mitigar la velocidad del contagio, están generando verdaderos estragos en sus frágiles finanzas. Además, acentúan las problemáticas sociales, los conflictos y ponen en evidencia la precariedad del sistema de salud.

Es una obviedad casi insultante decir que hay una relación directa entre la pobreza y la desnutrición, con las consecuencias bien conocidas como el retraso físico e intelectual. Pero con la llegada del Covid-19 esta correlación adquiere un matiz más intenso: los niños desnutridos, especialmente los menores de cinco años, corren el riesgo de ser una de las principales víctimas de la pandemia y sus consecuencias.

La falta de acceso a los alimentos, la utilización de sistemas de agua y saneamiento insalubres, las dificultades para acceder a la atención sanitaria, las prácticas deficientes de cuidado y alimentación, son factores desencadenantes de la desnutrición. Todos ellos están presentes en la gran mayoría de asentamientos humanos irregulares de la ciudad de Popayán. El riesgo de la desnutrición se cierne sobre miles de niños que hoy habitan estos cinturones de miseria.

Con el propósito de comprobar la grave amenaza y hacer visibles las condiciones de estas familias,  visitamos el asentamiento La Fortaleza, uno de esos rincones olvidados por la sociedad e hicimos un recorrido que resultó revelador, pero sobre todo estremecedor. Queremos compartir con ustedes de manera resumida (las historias de vida que allí se encuentran darían para varios libros), con un lenguaje periodístico, esta experiencia conmovedora de la que no se regresa igual que se entró.     

1-Un líder auténtico y un buen amigo

Para poder entrar al asentamiento La Fortaleza y conocer de primera mano las condiciones de vida de sus gentes, es necesario ir acompañado de Aldemar. Aldemar Zemanate Narváez es un hombre joven, amable, poseedor de una gran energía vital. Pero es sobre todo, un gran ser humano y un líder auténtico. 

Es de ese tipo de personas que espontáneamente se hecha a la espalda los problemas de sus vecinos, padeciendo el rigor de la misma pobreza. Dueñas de una sensibilidad especial, se duelen con el dolor del prójimo.

Aldemar, el presidente de la Junta de La Fortaleza es de esa especie rara. Visita a las familias más necesitadas, tramita solicitudes en la Gobernación y la Alcaldía a nombre de todos, sin pedir un peso a nadie. Invierte de su bolsillo y de su tiempo para ir a dar la cara por los demás en las oficinas del Centro.

Consigue mercados, brigadas de salud, jornadas de desinfección. Llama la atención a las autoridades por la miseria de su gente. Conoce cada casa y cada caso. La gente lo respeta, en medio del camino de barro lo saludan con cariño.

Con su figura menuda Aldemar nos guía entre los recovecos del asentamiento y nos va revelando la miseria y también la esperanza de sus habitantes.

2- La Fortaleza, un lugar para sobrevivir

La Fortaleza es un asentamiento humano irregular pegado como lapa a la variante Sur de Popayán, entre los barrios Chapinero, La Campiña y otros asentamientos como Unidos para Triunfar y Laura Simmonds. Hace parte de esa otra Popayán que no tiene nada que ver con la que se conoce en el escenario turístico nacional e internacional, por su sobria arquitectura colonial y las arraigadas tradiciones religiosas. Una Popayán tal vez más real, más cruda. El resultado evidente de unas dinámicas sociales y económicas marcadas por la desigualdad, el desempleo y la violencia.

Es también el escenario en el que miles de niños padecen en carne propia la pobreza y viven en riesgo de desnutrición. 

 

La Fortaleza empezó a formarse hace 8 años con personas de variadas condiciones, orígenes y etnias. Por lo tanto entre sus habitantes hay indígenas, afros, campesinos. Muchos son desplazados por la violencia provenientes de distintos municipios del Cauca y también de Nariño y Huila. También hay familias de Popayán que ante la imposibilidad de hacerse a una vivienda en propiedad no tuvieron más remedio que levantar un rancho en el humedal, por donde discurren las quebradas Pubús y La Monja, antaño manantiales cristalinos, hoy convertidos en nauseabundos caños de aguas negras. 

Precisamente, aparte de las condiciones de las viviendas, el problema de las inundaciones de estos afluentes es la gran cruz que cargan. Cada vez que hay lluvias fuertes, La Monja y la Pubús se salen de sus cauces e inundan los ranchos. El último capítulo de este padecimiento ocurrió en el mes de junio pasado un poderoso vendaval asoló inmisericordemente este sector. Con la inundación, el ajetreo intenso de damnificados y organismos de socorro, se volvió a descorrer el velo traslúcido de su miseria.

Piden a las autoridades que los ayuden. Ellos saben que no pueden construir porque se trata de un humedal y está prohibido. Piden que les den un lote para ir construyendo poco a poco, o que les permitan participar de los proyectos de vivienda social que tienen vigentes.

3- La amenaza de la desnutrición

Las 153 familias de La Fortaleza, según datos que maneja la Junta, suman una población de 600 personas aproximadamente, con alguna variación relativa teniendo en cuenta la movilidad de las  que se desplazan por temporadas en busca de trabajo en el sector agrícola o de la construcción especialmente.

Hay un gran componente de tercera edad, mujeres en estado de gestación y aproximadamente 80 niños en edad escolar, muchos de ellos en estado de desnutrición o en riesgo de padecerla. Más aun con las medidas de aislamiento implementadas por el Gobierno a raíz de la pandemia del coronavirus, que han paralizado la economía informal, fuente de ingresos natural de la mayoría de los habitantes. Las ya de por si frágiles economías de estas familias han pasado a un estado crítico, extremadamente vulnerable. Actualmente se encuentran a expensas de las ayudas del Gobierno, y la espera de que el proceso de reactivación económica también les abra oportunidades en la informalidad. Quienes tienen algún tipo de ocupación han ido sorteando las vicisitudes de esta crisis, pero son la gran minoría.  Aldemar Zemanate, el presidente del asentamiento es testigo de las necesidades, muchas familias tienen grandes problemas para ofrecer a los suyos una o dos raciones de comida al día.        

4- Un hombre que batalla

Beder tiene un apellido que le hace honor a la lucha incansable para sobrevivir con su numerosa familia. Batalla. Beder Batalla llegó hace doce años a Popayán desde Tumaco Nariño, desplazado por la violencia. Lleva siete en La Fortaleza. Vive con su pareja y siete hijos en una vivienda levantada con tablas, guadua y suelo de tierra. Para llegar al rancho hay que cruzar sobre dos guaduas resbaladizas que a manera de puente han tendido sobre el caño de aguas negras, que pasa a unos pocos metros de donde duerme la familia. La puerta es una tabla incrustada entre dos postes de madera que hay que retirar cada vez que una persona entra o sale. A pesar de la evidente dureza del ambiente, Beder nos recibe con una expresión amable que es una mezcla de resignación e inocencia, con una pequeña en brazos que nos mira con extrañeza y se aferra a su padre. 

Sus hijos tienen 23, 20, 18, 17, 9, 7 y 2 años la última. Yoly, de 9 años por cuenta de una infección ha padecido el flagelo de la desnutrición. Tiene las extremidades muy delgadas y una mirada sin brillo. Beder explica que la niña estuvo hospitalizada por desnutrición, pero por causa de la pandemia se interrumpió el tratamiento. Ha gastado mucho dinero en medicamentos. Por fortuna la niña lentamente ha ido mejorando. “Por lo menos va comiendo poco a poco”, dice. Afirma que de parte del ICBF no ha recibido ninguna ayuda. Beder trabaja en construcción, pero ahora no hay nada. El día que logran conseguir algo, comen, y el día que no, tratan de conformarse con lo que tengan a mano. De no ser por una ayuda económica que Beder recibe cada cuatro meses por su condición de desplazado, la situación de pobreza de esta familia sería más extrema, si es que eso es posible.

Con un tono apesadumbrado Beder habla sobre el futuro. “Yo quisiera sacarlos adelante pero no se ha podido. Los niños estaban estudiando pero se salieron. La única que pudo terminar el bachillerato fue la mayor, pero no ha habido plata para que pueda seguir estudiando y tampoco ha podido conseguir un buen trabajo”.

5- Una vida de aquí para allá

Paola Andrea Narváez Leyton, es una joven de 26 años, con 8 meses en estado de gestación. En la puerta del rancho donde ahora vive con sus dos hermanos nos recibe con la sencillez propia de la gente del sur del Cauca. Paola proviene en la vereda San Miguel, zona rural del municipio de La Vega, donde estudió hasta cuarto de básica primaria. Aún conserva la frescura de su juventud a pesar de la precariedad y de una vida “de aquí para allá”. Precisamente en medio de esta inestabilidad tuvo que separarse de su hija que se quedó con la abuela en algún lugar de El Tambo. Lleva los controles del embarazo en una Fundación de Popayán y espera a su nueva hija con optimismo. Ella anhela que la niña pueda vivir en mejores condiciones de vida que ella, que no tenga que padecer las inundaciones, que pueda estudiar. Que su infancia esté lejos de La Fortaleza.

6- La esperanza a pesar de todo

Con nueve meses de embarazo Milena Escue, afronta la realidad de habitar en un asentamiento. Sabe perfectamente que las precarias condiciones afectarán a la criatura que nacerá a finales de julio o principios de agosto.

Es su segundo embarazo después de 17 años, la edad que tiene su primera hija que nació cuando ella tenía esa misma edad. Por el conflicto armado que ha azotado el norte del Cauca tuvo que salir desplazada de Corinto y llegó a Popayán en busca de nuevas oportunidades. Espera que sus hijas salgan adelante y vivan en mejores condiciones que las que les ha tocado hasta ahora.

Dice que se alimentan con lo básico o prácticamente con lo que haya, pues la pandemia la dejó sin trabajo, “tenía la esperanza de trabajar hasta los ocho meses, pero no se pudo…es muy duro vivir en este lugar, pero uno no tiene más para dónde coger, toca seguir aquí”.

Según datos de la Encuesta Nacional de Situación Nutricional (Ensi), el bajo peso en las gestantes para el año 2015 alcanzó una prevalencia del 14,2%, presentándose mayor afectación en las gestantes adolescentes (21,4%), lo cual representa una situación preocupante, toda vez que se relaciona con un riesgo más alto de tener hijos con bajo peso al nacer o retraso en el crecimiento intrauterino con implicaciones posteriores como mortalidad infantil y enfermedades en el transcurso de la vida.

Además la desnutrición actúa como un círculo vicioso: las mujeres desnutridas tienen bebés con un peso inferior al adecuado, lo que aumenta las posibilidades de desnutrición en las siguientes generaciones.

7- Las miradas más tristes del mundo

Sonia Torres vive en un rancho de dos niveles construido en su totalidad con tablas rústicas. Su rutina empieza a las cuatro de la mañana, de domingo a domingo. A esa hora prepara el desayuno y el almuerzo para sus cinco hijos de 18, 12, 9, 5 y 3 años de edad y sale a buscar el sustento de su prole en cualquier oficio doméstico que pueda encontrar. Regresa con la tarde noche a seguir con las labores de su propia casa y a ofrecerles algo de cena. Ella es una mujer alta y recia, con arrestos para trabajar. Del padre de familia solo sabe que trabaja erradicando cultivos de uso ilícito en algún lugar del Cauca. En su rostro está dibujado el rigor de la enorme responsabilidad que carga como cabeza de hogar. Los más pequeños la abrazan y miran a la cámara con una tristeza tan profunda que es casi hiriente, que no debería ser de este mundo.

Sonia nos pide que por favor la ayudemos, mientras nos cuenta que llegó desplazada de Tumaco, que vive de cualquier oficio que le salga. “Gracias a Dios las personas solidarias nos han dado algún mercado, son  cinco niños y se necesita mucho para darles de comer. Cuando hay algún trabajo pues ese día comen, cuando no, pues no comen”

Estudian en el La Institución Niño Jesús de Praga, y uno en el jardín. Todos duermen juntos. No tiene recursos para que cada uno tenga su propia cama.  Sobre el futuro ruega a Dios que sus hijos no pasen todas las necesidades que ella ha tenido que soportar, que aunque no tengan riquezas, por lo menos tengan lo básico.

8- Un padre coraje y unas princesas en cuarentena

Luis Arnulfo Liz Ull, es otro de los líderes de La Fortaleza. Aparenta tener una vida menos trágica que las que se encuentran en medio de los hacinados ranchos, pero resulta que desde hace más de 10 años lucha con el sistema de salud para que a sus hijas que padecen distrofia muscular no les falte nada.

Esta enfermedad tiene prácticamente en cama a las dos adolescentes de 14 y 17 años. Por la pandemia pasan los días encerradas entre las tablas del rancho en el que viven porque no pueden salir a la calle, son demasiado propensas a contraer el virus por las bajas defensas que poseen.

Al entrar a la vivienda lo primero que se encuentra es el baño, diagonal a la cama donde duermen tapadas por una cobija que hace a su vez de toldillo, a un costado de la cama hay dos sillas de ruedas cubiertas con una manta, no las usan desde hace más de tres meses. “El encierro las tiene aburridas, estresadas”, dice su padre.

Ni si quiera en su propia casa puede moverse porque es demasiado estrecha; el mismo ambiente hace de dormitorio, baño y sala.

Continúan a la espera de citas médicas para evaluar su condición que cada vez empeora. Luis vivía en el campo pero tuvo que abandonarlo por el bienestar de sus hijas, que constantemente deben visitar especialistas. Su situación laboral es más que complicada. Pero la salud de sus hijas le infunde coraje para seguir luchando. Es un verdadero padre coraje.

9-Unos números incontestables

Las estadísticas que mejor nos permiten acercarnos a esta realidad desde los datos objetivos se encuentran en la Encuesta Ensi, la cual se realiza cada cinco años en el país, esta permite evidenciar qué tan mal o bien nutrida está la población en asociación con la calidad de los alimentos que consume.

El Instituto Nacional de Salud, INS, en julio del 2019 dio a conocer los resultados de este análisis realizado en el 2015, donde se muestran cifras preocupantes sobre el estado nutricional de los colombianos.

El informe en general evidencia alta deficiencia de hierro, zinc y vitamina A, nutrientes vitales para mantener una buena y balanceada alimentación.

"Todavía hay muchas familias sin una alimentación suficiente, digna y adecuada desde el punto de vista nutricional, pues los alimentos con proteínas y nutrientes claves como hierro, calcio y zinc son los más costosos y son todavía más inalcanzables para las familias más pobres o de origen étnico", concluyó Martha Ospina, directora del INS.

Por su parte, la Fundación Éxito en su informe sobre la desnutrición crónica en el país (2020), recomienda la articulación intersectorial para combatir esta problemática, puesto que se requiere afrontar asuntos de tipo estructural y de capacidad de gestión como la calidad y la cobertura de los servicios de salud, nutrición, abastecimiento de agua, saneamiento y educación, vías de acceso, así como cadenas de producción, abastecimiento y acceso de alimentos.

Además, de dar prioridad a los sistemas de monitoreo en la población infantil, para aplicar políticas públicas que permitan un accionar oportuno sobre la magnitud del problema de la desnutrición.

Entre otros aspecto, piden centrar esfuerzos en el proceso de gestación y en los primeros dos años de vida de los menores, etapa indispensable para el desarrollo del ser humano.

10 - La falta de respuestas en el Plan de Desarrollo

En Popayán las problemáticas sociales han surgido con mayor preponderancia en medio de la pandemia del coronavirus, lo cual ha traído consigo la falta de empleo y con ello la escasez de recursos económicos que permitan sobrellevar una vida digna principalmente en familias vulnerables.

Los líderes comunitarios que trabajan incansablemente por las comunidades confían en que las políticas públicas que se implementen durante los próximos años mejoren su calidad de vida. Sin embargo, el Gobierno Nacional no tenía contemplado en sus planes de desarrollo el tema de la irrupción de la pandemia. Las políticas públicas a favor de la primera infancia pueden resultar insuficientes para atender el nuevo escenario marcado por la pandemia

 Andrés Felipe Velasco, concejal de Popayán, manifestó que el plan de desarrollo de Popayán, “enuncia de manera soslayada la pandemia, pero no lo considera el centro del debate, y menosprecia sus implicaciones en los próximos cuatro años”.

Por lo que se advierte por parte de la ONU que de no tomarse medidas inmediatas la inminente emergencia alimentaria mundial podría tener repercusiones a largo plazo para cientos de millones de personas. Por lo que se hace urgente combatir no solo la desnutrición sino que se hace necesario pensar en acciones inmediatas para erradicar el centro de este problema, la pobreza.

Con todo esto el porvenir para los niños que habitan en sitios como el asentamiento La Fortaleza, que es solo uno de los miles que existen por toda la geografía colombiana, es poco esperanzador si es que el Gobierno y la sociedad en su conjunto no asumen esta problemática con unas medidas contundentes para evitar una tragedia social a corto y mediano plazo.

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