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Lunes, Mayo 4, 2020 - 22:54

Por Jair Dorado

1. Desde el balcón

Cuando la mortandad del virus se disparó por encima de los pronósticos más pesimistas y el gobierno ordenó retomar el aislamiento radical, el tedio se apoderó de mis días. 

Desde el balcón de mi apartamento, en un noveno piso, el panorama es bastante pobre. Al frente hay unas vagas estribaciones montañosas. Atrás el cielo limpio.

Abajo, junto al muro que protege las torres ostentosamente llamadas El Mirador del Marqués, al otro lado de la única vía que comunica esta extensión raquítica y desolada de la ciudad con el resto del mundo, funciona un depósito de materiales de construcción con montones de arena y grava esparcidos aquí y allá.

Hay una puerta de latón oxidado y postes con alambre de púa que cierran el perímetro. Junto a la puerta una caseta de ladrillo rústico donde permanece un hombre encargado de abrir y cerrar. Eso es todo.  

 

2. Desconectado

Y ese cuadro representa mi única distracción la mayoría del tiempo desde que empezaron los racionamientos de energía eléctrica. La conectan un par de horas a la semana con tan baja intensidad que resulta inútil. 

Lo único que carga aparte de una luz mortecina que llega penosamente a los bombillos, es una radio donde escucho informes desactualizados y contradictorios sobre el avance de la pandemia. Después música vieja.  El computador no sirve para nada y del teléfono solo salen llamadas de emergencia.

3. Amistades efímeras

Hasta hace un par de meses podía conversar a gritos con dos vecinos de la Torre A.  López, en el piso octavo, hablaba con mucha satisfacción sobre su vida. Gracias a su empleo en un banco estaba a punto de terminar de pagar un elegante automóvil y ya iba por la cuota 120 del apartamento,  así que dentro de poco podría ir pensando en una casita rural para pasar los fines de semana con su esposa y sus dos pequeños. ‘Cuando pase todo este ‘impase’, como solía referirse al tema del virus.

Nunca le pregunté por no incomodarlo pero parecía claro que estaba infectado y su familia había sido retirada por protocolo de emergencia.

Nuestra amistad no duró mucho. De un momento a otro empezó a espaciar sus salidas al balcón. La última vez que lo vi me miró con cierta pesadumbre, saludó con la mano como preso de un gran cansancio e intentó vanamente esbozar su gran sonrisa optimista, como siempre.

Al día siguiente hubo movimiento de cosas y personas en su apartamento. Luego alguien corrió las cortinas y minutos después percibí el tufo inconfundible del desinfectante.

Dos pisos debajo de López se asomó durante unas semanas un hombre devoto que a punta de gritos me hizo confesar la fe en el Señor. Alcancé a repetir con él varios versículos doctrinarios. Me enseñó dos a o tres oraciones de rigor que he ido olvidando por la falta de hábito. Se llamaba Pedro como el apóstol y una tarde se despidió entre lágrimas después que unos hombres con traje blanco lo arrancaran de manera violenta de mi vista.

4. Crepitaciones

Pedro me contó lo de los  hornos crematorios. La Alcaldía los había improvisado en el antiguo matadero municipal ante el colapso de las instalaciones funerarias. Pedro había participado de alguna manera en su construcción y por lo tanto sabía de lo que hablaba. “Es como el mismo infierno amigo mío”, dijo.

Allí crepitan día y noche cuerpos amontonados sobre los viejos corrales de ganado y emanan un olor cuya fetidez no se compara con nada que uno pueda haber percibido antes. Eso me contó y hubiera preferido que nunca lo hiciera pues desde entonces la imagen me atormenta las horas de sueño.

Desde que se fueron José y Pedro la torre A quedó desierta, así que solo me queda el tema de la gravera como ya he dicho.

En casa tengo algo de comida que bien racionada puede durar un mes. Las provisiones que prometió el gobierno para cada quince días seguro nunca van a llegar, menos a estas torres que fueron declaradas como foco central de infección.

Si uno sale a la calle sin autorización puede ser objeto de represión militar dijo el Presidente en la última alocución. Por otra parte sería inútil pues según me informó Pedro, el comercio ha sido desmantelado.

Además está el asunto de los perros que vagan en jaurías casi salvajes por el hambre, sin olvidar las fuerzas represoras del Gobierno.

5. La gravera

De un día para otro la entrada de vehículos se incrementó notablemente. Al principio entraban una o dos volquetas durante el día, a veces ninguna. En el presente he llegado a contar hasta quince, a cualquier hora.

La cantidad de trabajo sobrepasó la capacidad del vigilante y los conductores, y así la rigurosidad para mantener el ocultamiento en la gravera se fue perdiendo. Todo se improvisa, el agotamiento no permite actuar con diligencia.

Primero fue una volqueta sobre las tres de la mañana. Bajo la luna delatora el revuelo de una sábana blanca en la arena. El vigilante corriendo hacia el vehículo desde donde saltaban unas figuras escuálidas. Luego los golpes secos, los gemidos, el silencio.    

Hoy en día es normal que entren varios vehículos directamente hasta el fondo del terreno, donde empieza un humedal. Después los fogonazos de las armas automáticas.

6. El sol de la peste

Eche en mi maletín la ropa más adecuada para la intemperie. Cociné el último puñado de arroz de  la despensa y lo revolví con la última lata de atún. Comí de pie en el balcón esperando un intervalo apropiado.

Revoloteaba en el cielo luminoso de las dos de la tarde una bandada de gallinazos y parecían a punto de lanzarse sobre el humedal. Al fondo, lejanas e imperturbables, las montañas azules.

Hice la llamada con la mínima carga del teléfono que resultó suficiente para denunciar a las autoridades lo que estaba sucediendo. Di mi identificación y ubicación exactas.

Cinco minutos después de colgar, el vigilante salió de su caseta y me buscó con la mirada, desde abajo, pequeño, con el sol de abril estorbándole. Luego balbuceó algún mensaje por radio sin dejar de mirarme.

7. Jaurías salvajes

Volví a identificarme en la puerta. No los hice perder tiempo. Tras de mí dos desinfectadores  entraron al apartamento y empezaron a esparcir el químico.

Bajamos los 250 escalones en silencio, sin aspavientos, ni violencia. En el pequeño camión que empezó a recorrer la ruta que tenía prevista viajaban frente a mí, sentadas sobre unas bancas de madera, seis personas con tapabocas. En sus rostros apenas se podía percibir un inmenso cansancio. Junto a mí, en el otro costado un hombre que al parecer había sido detenido robando en las calles, y dos hombres armados. El detenido había ofrecido una fiera resistencia antes de ser disminuido. Su cara estaba ensangrentada. Uno de los guardas también estaba herido y lo miraba con odio.

La velocidad del camión empezó a disminuir lentamente. Entonces los ladridos rompieron el silencio, pude ver la jauría, los colmillos sanguinolentos, los ojos asesinos, el hombre ensangrentado expulsado hacia la calle, los jirones de ropa, las primeras dentelladas.     

       

 

 

 

 

 

 

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