El diálogo fingido con estatuas

Diego Jaramillo SalgadoPor Diego Jaramillo Salgado

El pretendido diálogo del magnate del ubérrimo con unas estatuas logró lo que su autor pretendía: rescatar el interés de la opinión pública por sus agrios y destructivos comentarios. Esta vez no tanto por algo nuevo con lo cual quisiera sorprender a propios y extraños. Más bien, con la nostalgia de sus días dorados en que el solio de Bolívar lo erigía como el emperadorcito a sus anchas en su trono. Lo hizo para recordar su empeño en una “Seguridad democrática” en que todo su poder se desplegaba en cuanto tocaba. Sin que hubiera logrado la paz que supuestamente traería. Recuerdo que expresa, más bien, los signos de decadencia de quien asume con eso la ausencia de interlocutores válidos no solo en sus seguidores sino también en sus mercenarios. Las contradicciones en su propio partido, la inoperancia de quien puso en la presidencia, el bajo perfil de quien aspira a seguir su camino, no le dejaron alternativa que hablarle a los perfiles de bronce. De quienes no recibirá rabias ni tampoco responderán algo para crearlas en él, tan fácil de producirlas. Ni siquiera es un solipsismo preguntándose aquello que ningún otro podría responderle porque quiere escucharse así mismo. Es exactamente la convicción de que no hay un igual con el que pueda expresarse en función de los resultados solamente por él admitidos. 
Por eso, la explicación que intenta dar acudiendo al significado del silencio en un poema de Pablo Neruda, saca de contexto al poeta y se ubica él mismo por fuera. Porque es muy diferente cuando éste se enfoca en la relación amorosa, a través de la evocación del mutismo del ser amado: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos y mi voz no te toca/ parece que los ojos se te hubieran volado/ y parece que un beso te cerrara la boca”. No es a una mole de cobre o de hierro a quien se dirige, es a un ser que ha suscitado su afecto, en el cual encuentra, aún en su falta de elocuencia, los múltiples sentidos que motivan su expresión poética. Es la construcción de significado del silencio, como lo es también de la soledad o del vacío. Sentido que conjuga el verbo amar en sus múltiples dimensiones. Por eso cuando afirma. “Déjame que me calle con el silencio tuyo/ déjame que te hable también con tu silencio”, es justamente para esperar que de allí surja el diálogo que redima el amor: “Una palabra entonces, una sonrisa bastan”; suficientes, para romper la ausencia de voz y lograr el encuentro amoroso, ese tan difícil de hallar en el lenguaje del amo del ubérrimo.  

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