La minga en movilización por la vida

Diego Jaramillo SalgadoPor Diego Jaramillo Salgado

Pareciera absurdo tener que movilizarse por la vida en un país supuestamente democrático. Pues lo acreditaría como tal justamente el derecho a vivir dignamente. También es inverosímil tener que optar por marchas, paros, para buscar atención del Estado a las demandas de la mayoría de miembros de la sociedad. Los canales propios de una institucionalidad fuerte y legítima serían los llamados a solucionar aquello desprendido de la insatisfacción popular. Como lo existente es débil y responde a intereses particulares, uno de los recursos de los pueblos y comunidades es romper la inercia acomodaticia de los gobernantes para presionarlos a responder a las exigencias de la base social que les otorga poder. Lo contrario, sería estar a expensas de los portavoces y actores de la muerte que siembran el desconcierto al dejar en el camino la vida de múltiples líderes y lideresas y personas del común. Las denuncias de organismos internacionales, organizaciones sociales, la Iglesia Católica, ONG, sobre el genocidio de pueblos indígenas, campesinos y negros, y el feminicidio, solo producen vagas declaraciones de los gobernantes, sin compromisos reales para superarlos. 
Por ello la Minga Nacional, Social, Popular y Comunitaria convoca a sus bases sociales, y al pueblo en general, a movilizarse hacia Cali, el próximo diez de diciembre, día internacional de los Derechos Humanos. Una vez más, para llamar la atención sobre el desplazamiento forzado, las masacres y asesinatos incrementados diariamente en el departamento del Cauca y en otros lugares del país. Si los datos arrojan cifras de cerca de 60 reincorporados, 40 jóvenes y 61 indígenas asesinados en esta región, la situación se vuelve insostenible. Sobre todo para los habitantes de territorios en que campean los actores armados bajo la indiferencia o complicidad del gobierno. Por eso el lema central es por la defensa y el cuidado de la vida. 
El solo anuncio de su realización movió a la reacción de sectores de ultraderecha conminando al gobierno nacional a prohibirla, y llamando a sus huestes a impedirla. Mucho harían si en vez de ello se unieran a la postura de la Iglesia Católica de condenar la falta de sintonía del gobierno con el clamor popular y a su llamado a que se resuelvan los problemas más acuciantes de la sociedad. La confluencia de esta marcha con la convocatoria a paro del Comando Nacional de Paro crea la expectativa de una acción fuerte, más no de una reedición de los bloqueos de paros anteriores con los temidos bloqueos a la movilidad. 

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