Y la conquista continúa

Felipe Solarte NatesFelipe Solarte Nates

El mirar la historia lineal en el tiempo y considerando que los humanos vamos en un perfeccionamiento continuo, de lo inferior a lo superior, de la “barbarie a la civilización”, del piso de tierra al de cemento, contribuye a mirar la versión oficial de las conquistas, como hitos “salvadores” y sucesos que ocurrieron en el pasado y que ya son “historia patria”. Así pasa con el “Descubrimiento de América” hecho por Colón y sus ambiciosos ex presidiarios que sólo vieron el oro que brillaba en los pechos, orejas y narices de los indígenas que amablemente los acogieron con alimentos y regalos cuando llegaron andrajosos y hambreados con las excusa de “convertir a los salvajes al catolicismo”  de la Inquisición, que en 1492, el mismo año del “Descubrimiento”, acababa de expulsar por “infieles” a los moros y judíos de España, los únicos que trabajaban en oficios productivos. La visión de la civilización superior y de la “religión verdadera” justificó todas las masacres y despojos que cometieron la  amalgama de aventureros y guerreros con ínfulas de convertirse en “hidalgos y caballeros ociosos con siervos para que trabajaran la tierra”: unos veteranos de la guerra contra los árabes, otros ex presidiarios y delincuentes consumados, que vivieron huyendo de la justicia y de su pasado y a “hacer su América” soñando en regresar ricos y con títulos de nobleza a la península.   El creer que la conquista es del pasado disfraza la que a diario cometen en regiones apartadas del país contra comunidades indígenas que desde antes de la Conquista aprendieron a convivir con las selvas de la Amazonía y del Pacífico, a donde también después llegaron reductos de comunidades negras que huyeron de la esclavitud y se instalaron a orillas de los ríos y en la costa. En estas circunstancias no es gratuita la imagen de los empobrecidos indígenas emberas  chocoanos pidiendo plata con sus desnutridos hijos después de las guerras que para  apoderarse de sus territorios emprenden los diversos grupos armados que inicialmente explotan el narcotráfico y la minería ilegal, mientras detrás van las multinacionales mineras con los títulos otorgados al por mayor por los gobiernos de Uribe y Santos, junto a  los promotores de grandes hidroeléctricas estilo Hidroituango, los sembradores de palma aceitera, banano, los ganaderos y demás empresarios que con sus cohortes de notarios, abogados y funcionarios públicos comprados, empiezan a “legalizar propiedades” y a consumar el despojo en beneficio de las elites de pirañas que se reparten el país.

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