Editorial: Laura Cabanzo
Hablar de “la rosca” en el mundo laboral suele generar incomodidad. Muchos la asocian de inmediato con corrupción, favores indebidos o injusticias. Sin embargo, en la práctica cotidiana, pertenecer a una red de contactos no siempre es sinónimo de trampa, sino de una realidad que atraviesa casi todos los escenarios profesionales.
En la mayoría de los trabajos, las oportunidades no llegan solo por hojas de vida impecables o títulos académicos. Llegan, muchas veces, porque alguien te conoce, confía en tu forma de trabajar o recuerda cómo resolviste un problema en el pasado. Eso, aunque incomode decirlo, también es parte de la “rosca”. No se trata de colarse, sino de ser visible.
Construir relaciones laborales abre puertas: te recomiendan, te llaman primero, te tienen en cuenta. No es un privilegio automático, pero sí una ventaja. Las empresas, como las personas, prefieren lo conocido. Apostar por alguien que ya dio resultados suele ser menos riesgoso que contratar a un completo desconocido.
El problema no está en la red, sino en cuando se usa para excluir talento o premiar la mediocridad. La “rosca” no debería reemplazar la capacidad, sino complementarla. Quien entra solo por amistad y no responde, termina cayendo por su propio peso.
Negar que las conexiones importan es ingenuo. La clave está en entender que hacer parte de una red laboral no es un pecado, sino una responsabilidad: demostrar que la confianza otorgada valía la pena.




