Por: Laura Cabanzo
Ser periodista nunca ha sido un camino sencillo. Pero en tiempos de Internet, redes sociales y algoritmos que todo lo moldean, el oficio enfrenta un desafío adicional: la estigmatización. Hoy la gente cree que todo está en Google, que cualquiera puede informar y que la inmediatez vale más que la verificación. En ese escenario, quienes ejercemos el periodismo debemos cargar con prejuicios, señalamientos y, a veces, desprecios injustificados.
La frase “los periodistas son…” se ha convertido en un comodín peligroso. Hay quienes piensan que el oficio es una extensión de la política, otros creen que es puro amarillismo, y muchos más suponen que basta con un celular para hacer lo que hacemos. Lo que casi nadie ve es lo que ocurre detrás de cada nota: caminar barrios, entrevistar fuentes difíciles, buscar documentos, verificar datos, insistir por respuestas que incomodan, resistir presiones, lidiar con amenazas veladas o directas.
Internet ha democratizado la información, sí, pero también ha multiplicado los juicios fáciles. Hoy un titular puede convertirse en blanco de insultos antes de que alguien lea el contenido. La gente comenta sin contexto, comparte sin pensar y exige sin comprender. En ese ruido, el periodista queda expuesto. Y aun así, sigue trabajando.
Lo paradójico es que, aunque se critique al periodismo, es justamente en medio del caos digital cuando más se necesita. La avalancha de noticias falsas, cuentas anónimas y contenidos manipulados demuestra que el oficio sigue siendo crucial. Sin periodistas, la ciudadanía queda a merced de rumores y especulaciones. Sin investigación, el poder actúa sin oposición. Sin rigor, la verdad se diluye.
Pero la estigmatización duele. Especialmente para quienes aman este oficio. Muchos trabajan horas extra sin reconocimiento, arriesgan su integridad, recorren calles peligrosas o se enfrentan a instituciones herméticas para obtener información. Todo para que, al final, alguien en redes diga que “todo es comprado”. No es justo, pero es real.
Y aun así, el periodismo continúa. Porque quienes lo ejercen saben que su papel es más grande que cualquier comentario malintencionado. El trabajo bien hecho se defiende solo, incluso cuando no se reconoce de inmediato. La credibilidad se construye con años de disciplina, y quienes aman este oficio no lo abandonan por la crítica irresponsable.
Ser periodista en tiempos de Internet implica navegar un mar de juicios, pero también implica una responsabilidad histórica: sostener la verdad en medio del ruido. Informar, así duela. Escribir, así acusen. Investigar, así quieran silenciar. La pasión por el oficio pesa más que el estigma.
Y aunque no es fácil, sí es digno. Quien trabaja con rigor, conciencia y ética no necesita aprobación. Necesita persistencia. Y eso, en este oficio, es la mayor fortaleza.



