Hay fechas que pesan distinto. El 24 y 31 de diciembre no son solo números en el calendario, son recuerdos. Son mesas llenas, risas conocidas, tradiciones que no se cuestionan porque simplemente han estado ahí siempre. Por eso, cuando la familia no está, el vacío se siente con más fuerza.
Extrañar no es solo pensar en personas, es extrañar rituales. La comida de mamá que no sabe igual en ningún otro lugar. Las canciones viejas de Joselito sonando de fondo. La tía bailando sin vergüenza. El ruido cómodo de lo conocido. Son escenas simples, pero profundas.
También duelen las ausencias definitivas. El abuelito que ya no está y cuya silla vacía pesa más que cualquier silencio. Su voz, sus historias repetidas, su presencia tranquila. La nostalgia se mezcla con gratitud, pero igual apieta el pecho.
Extrañar también es pensar en la casa que dejaste. Ese lugar donde viviste 25 años, donde creciste, donde aprendiste quién eras. Las paredes que guardaron momentos felices y difíciles, pero que siempre fueron refugio. Irse no borra eso, al contrario, lo hace más evidente.
Estas fechas no siempre son de alegría. A veces son de duelo, de memoria, de comparación entre lo que fue y lo que ya no es. Y está bien sentirlo así. Porque extrañar es una forma de amar, incluso cuando duele.




