¿Encarecer la obesidad y la diabetes?

Felipe Solarte Nates

Felipe Solarte NatesFelipe Solarte Nates

De mis vacaciones de verano cuando estudiaba bachillerato en el Instituto Técnico, (que de técnico sólo tenía el nombre) de Santander de Quilichao, recuerdo las caminatas a Quinamayó, a pescar y bañarnos en el “charco de la cuadra”.
 En una de tantas salidas, no se me olvida, la vez que llegamos a una tienda y, frente a la casa del lado, había un papayo cargado con grandes frutos amarillos. Por la reja de la puerta llamé, salió un joven. – ¿nos vende una papaya? Le pregunté después de saludar. –Escoja la que le guste-Vale $5 pesos- agregó. Quedé sorprendido cuando salió de la casa, bajó la papaya que le señalé, recibió los $5 y se fue a la tienda del lado. –Vecino, deme una naranja Postobón, por favor- dijo pasándole el billete. 
Mientras Guayo Montoya pelaba la papaya, le sacaba las pepas y la dividía en 4 trozos grandes, pensaba, que tal vez, atraído por el afiche pegado en la pared de la tienda, con la foto a color de la bella modelo en bikini, tomándose una gaseosa en medio de sus esbeltos amigos, el vendedor había hecho tan mal negocio, pues mientras nosotros calmábamos la sed con una jugosa fruta rica en nutrientes, fibra y vitaminas, él prefería agua con anilina, saturada de azúcar y gas.
Ese recuerdo salta en mi memoria, cuando oigo hablar o leo, sobre el impuesto a las bebidas azucaradas, y me convenzo de su necesidad, cada qué, conversando con mis casi setentones amigos contemporáneos, me entero que varios han sido declarados: prediabéticos o diabéticos, y, a Jairo, que tan bien jugaba fútbol, tuvieron que amputarlo hasta la rodilla del pie con que pateaba, al complicársele una herida que no cicatrizaba debido a la diabetes y estaba a punto de engangrenarse.
Nos hemos enviciado al azúcar, desde que nuestras madres al destetarnos endulzaban los teteros, y, además de las golosinas y gaseosas, a diario consumimos más comida chatarra y productos ultraprocesados con colorantes, saborizantes y preservativos químicos, algunos cancerígenos, que elevan considerablemente los niveles de azúcares y sales en la sangre y en el caso del azúcar, al no eliminarla, por la vida sedentaria, se transforma en grasa mala, peor que la de origen animal, que el organismo puede metabolizarla mejor y hasta convertirla en azúcar, cuando se necesita.