Diego Jaramillo
Pasamos nuestra vida, generalmente, a través de los ritmos impuestos en la juventud. Allí la hacemos casi infinita en su potencialidad y su energía. Las pequeñas pausas, impuestas por obstáculos físicos o espirituales; al ser superadas, no hacen más que proyectar nuestros ritmos en procesos que parecieran no tener fin. Sin embargo, cuando el ocaso nos coloca ante la inevitable finitud nos damos cuenta de que como seres vivientes, sintientes, pensantes y comunicativos hay pasos sin retorno, obligándonos a asumir el indeseado inicio del cierre del principio vital. Única certeza en que se debate nuestro diario vivir. A la par que nuestra propia vida nos da cuenta de su contingencia, vemos, sin lugar a dudarlo, que también aquellos con quienes compartimos momentos especiales de su existencia, o los continuamos a través de sus obras siguen el vaivén de lo que su salud soporta. Quienes se fueron a un viaje sin retorno siguen presentes en aquello que compartieron y en lo que pusieron a disposición de los demás. Los otros, persisten en arrancar pedazos de esperanza para dar continuidad a proyectos inacabados sin los cuales pareciera que el adiós debiera aplazarse. El escenario de quienes miramos a través del espejo aquello que dio sentido a la existencia, está lleno de inevitables y dolorosas despedidas de quienes, de una u otra forma, hicieron que ella fuera posible. De la misma manera, de quienes persisten en prolongar la suya haciéndole el quite a la fragilidad de sus cuerpos para superar la debilidad que los acecha. Anclados en la cotidianidad del devenir, difícilmente pudimos entrever un período como este lleno de dudas sobre qué tanto podemos sobrevivir, y de adioses y de incertidumbres por la fatalidad de los anuncios de quienes se aproximan a recibirlos. Se combinan así la conciencia de la propia vulnerabilidad y la dificultad para revertirla, con la del paisaje melancólico del drama familiar o afectivo de nuestros amigos, compañeros y colegas en la ruta de su despedida final. La estela de esperanzas en la formación de una sociedad en que la vida digna germine cotidianamente, continuará en las voces, la piel y los espíritus de quienes se nieguen a convertir la ausencia de quienes la forjaron en la imposibilidad de lograrla. Quienes continuamos persistiremos en ello. Solo así se mantendrá firme el camino para forjar aquello por tanto tiempo aplazado, cuyas huellas trazaron quienes nunca renunciaron a lo largo de su vida para alcanzarla.una golondrina no hace verano y que un pichón de ella mucho menos; pero insistir en ello, paso a paso puede abrir el espacio hacia nuevos horizontes.





