
Nunca se olvida
Si bien el tema del terremoto de Popayán pierde vigencia a medida que pasa el tiempo, es necesario cada año recordarlo, porque no fue un asunto menor y decenas de familias perdieron a seres queridos.
El agite de los años y la irrupción brutal de la tecnología en nuestra vidas ha relegado el capítulo del terremoto al sitio de una vieja anécdota entre miles de acontecimientos que nos abruman cada día, cada hora. Pero fue una tragedia de grandes proporciones. Los que en nuestra infancia sentimos la estremecedora sacudida, nos quedó para siempre el miedo a los sismos. Eso no se olvida.
El reino de la muerte
Nos quedó la imagen de las casas derribadas, de los muertos emergiendo del reino de la muerte en el cementerio central, el polvo espeso, la cara de angustia de nuestros padres, las carpas gigantescas de la Cruz Roja, el sonido de las sirenas, los saqueadores con televisores y muebles, hacia el sur, los rezos, el plañir de las mujeres, la mirada al Cielo, el temor nocturno, las réplicas…
Aproximadamente 6.800 viviendas y edificios, ubicados en su mayoría en la zona histórica de Popayán, fueron derribados por el movimiento telúrico que dejó un saldo de 267 personas muertas y 7.500 heridos. “Dios mío, por qué permitiste esto en este Jueves Santo”, exclamaba el arzobispo Samuel Silverio Buitrago.
Las consecuencias
El advenimiento de la sociedad de la información nos enseñó que había un mundo más allá de las cuatro calles del centro histórico, que la religión o Dios, o los desenfrenos de los pecadores en plena Semana Santa no eran los causantes de los desastres naturales. Ya han pasado 40 años de aquello. De aquella mañana en que la naturaleza se levantó enojada con Popayán. Un sitio tranquilo con 4 vecinos, todos conocidos de misa, con ríos cristalinos donde pasar los domingos en familia. Ser damnificado era tener oportunidades.
A la sombra de las ayudas oficiales, más de uno salió con casa propia, como si los muertos de la Catedral, en plan de mártires, hubieran sacrificado sus vidas en bien de los demás. Ahora, tal vez seguimos pagando el precio de ese crecimiento demográfico y urbanístico, la ciudad creció en unos pocos años lo que no había hecho en décadas y eso genera consecuencias.





