
Una vez pasamos la emoción, la euforia y la alegría por el rescate de los cuatro niños en las selvas colombianas, también se empieza a destapar la cruda realidad que viven los niños en Colombia, en las ciudades, en las selvas, en los campos,en los territorios indígenas.
Huyendo de las golpizas
No era la primera vez que estos cuatro inocentes pasaban noches en la espesura de la jungla. Se ha sabido que hace un tiempo, la heroína de 13 años se llevó a sus hermanitos durante 3 días a la selva para evitar las golpizas que les propinaba su padrastro, enceguecido y embrutecido por el alcohol. ¡Oh! Pobres criaturas, ya venían sufriendo desde que llegaron a este malvado mundo, y tristemente, quizás el horror del maltrato cotidiano, los estaba curtiendo para todo lo que tendrían que sobrevivir durante cuarenta días.
No hay que abandonarlos
La muerte de la madre en el mismo accidente en que se extraviaron, puede resultar devastadora, si las instituciones no los acompañan y los protegen de su padrastro. Ya bastante dolor han sufrido como para tener que volver a vivir ese infierno cotidiano que les propinaba el mismo adulto que en teoría tendría que ser su protector.
No los podemos olvidar de nuevo, hay que hablar con las comunidades indígenas, pues si bien en esas culturas se tolera de algún modo los comportamientos machistas, las violaciones y el maltrato intrafamiliar, ya lo que han sufrido estas cuatro criaturas es suficiente.
Los espíritus de la selva
Lo otro, lo positivo, lo espiritual, lo misterioso, es que miembros de las mismas fuerzas armadas, aseguran que de no ser por la ayuda de las comunidades nativas, seguramente no habrían hallado a los cuatro pequeños. El lugar donde fueron finalmente encontrados, ya había sido inspeccionado varias veces. Según sacerdotes y líderes nativos, la selva está dominada por entidades, y solo pidiendo permiso se puede acceder. Los niños, al parecer estuvieron en manos de esos espíritus que los cuidaron durante todos los días en que estuvieron adentro.




