Por: Laura Cabanzo
Uno de los mayores riesgos de la política actual es gobernar desde la ideología y no desde la realidad. Las ideas son necesarias, pero cuando se convierten en dogmas inamovibles, dejan de servir a la gente y comienzan a servirse a sí mismas.
Colombia es un país complejo, diverso y profundamente desigual. Pretender que una sola visión explique y solucione todos sus problemas es una simplificación peligrosa. Sin embargo, el debate público insiste en dividir la realidad entre buenos y malos, aliados y enemigos, como si el país fuera un tablero binario.
Esta lógica ideológica impide reconocer errores. Todo cuestionamiento se interpreta como ataque, y toda crítica como traición. Así, se pierde una herramienta esencial de gobierno: la autocrítica. Sin ella, los errores se repiten y las políticas fallidas se sostienen solo por coherencia discursiva.
Gobernar exige pragmatismo. Exige corregir cuando algo no funciona, incluso si contradice promesas o relatos previos. Persistir en el error por miedo a perder respaldo político es una forma de irresponsabilidad.
La ideología no puede ser una venda. El Estado debe responder a los hechos, a los datos y a las necesidades reales de la población. Cuando la narrativa se impone sobre la realidad, los más afectados siempre son los mismos: las comunidades que esperan soluciones y reciben discursos.
Colombia necesita menos dogmas y más resultados.



