El mensaje equivocado

Por: Laura Cabanzo

Más allá de nombres propios, hay decisiones políticas que envían mensajes poderosos, y no siempre positivos. La designación de una persona sin formación académica ni experiencia comprobada en un ministerio clave como el de la Igualdad plantea preguntas incómodas que no pueden evadirse con discursos ideológicos.

Lo grave no es solo el perfil, sino el contexto. Se trata de un cargo que debería representar a poblaciones históricamente excluidas, pero que, paradójicamente, es cuestionado tanto por sectores de derecha como de izquierda, e incluso por comunidades indígenas que aseguran no sentirse representadas. Cuando el rechazo es transversal, la alarma debería encenderse.

Este tipo de nombramientos refuerza la percepción de que el mérito no siempre es el criterio principal, sino la cercanía política, la lealtad o la conveniencia. La “rosca”, tan criticada en gobiernos anteriores, parece cambiar de rostro, pero no de lógica. Y eso erosiona la confianza en las instituciones, sin importar el color del gobierno de turno.

El mensaje para los jóvenes es especialmente preocupante. ¿Para qué estudiar, prepararse, esforzarse durante años, si los cargos más importantes pueden asignarse sin formación ni experiencia previa? La educación pierde valor simbólico cuando el ejemplo desde el poder contradice el discurso del esfuerzo y la superación.

La igualdad no se construye solo con consignas ni con gestos simbólicos. Requiere capacidad técnica, conocimiento del Estado y legitimidad social. De lo contrario, el riesgo es que un ministerio creado para cerrar brechas termine profundizando el desencanto.

Gobernar también es educar con el ejemplo. Y cuando el ejemplo es débil, el daño no es inmediato, pero sí profundo y duradero.