Juzgar por la portada

Colombia vive uno de los momentos de mayor polarización de su historia reciente. En ese escenario crispado, los debates políticos se han reducido, muchas veces, a etiquetas, prejuicios y juicios rápidos. Se juzga al candidato por su portada, por su origen, por el sector que aparentemente representa o por el bando al que se le asocia, sin detenerse a conocer realmente quién es, qué propone y a quién responde.

Esta lógica simplista no solo empobrece la democracia, sino que también convierte a la ciudadanía en espectadora de una pelea de extremos donde el análisis profundo pierde valor. En un país tan diverso como Colombia, asumir que una persona es “buena” o “mala” solo por el color político que se le atribuye es una forma cómoda de evitar el pensamiento crítico.

Muchos candidatos terminan siendo peones de estructuras más grandes: partidos, maquinarias, intereses económicos o estratégicos que se mueven tras bambalinas. En ese tablero, el rostro visible no siempre es quien toma las decisiones de fondo. Por eso, reducir el debate a ataques personales o a la descalificación automática impide entender el verdadero juego de poder.

Conocer a una persona implica revisar su trayectoria, sus decisiones pasadas, su coherencia entre discurso y acciones, y, sobre todo, a quién beneficia su proyecto político. Eso exige tiempo, lectura y disposición para escuchar, algo cada vez más escaso en una discusión pública dominada por redes sociales, titulares cortos y mensajes emocionales.

La democracia no se fortalece cuando se juzga por la portada, sino cuando se cuestiona el contenido. Elegir o rechazar sin conocer es una forma de renunciar al derecho ciudadano más básico: pensar por cuenta propia. En un país polarizado, el verdadero acto de rebeldía es informarse.