El porqué de la religión

Por Jair A. Dorado

El ser humano necesita una dirección, ya sea para bien o para mal, necesita ser guiado, necesita un líder, necesita en últimas una esperanza; podemos vivir sin nada, pero no sin esperanza: un hombre sin ilusiones está muerto por dentro. 
Esperanza significa también certidumbre. Necesitamos creer en algo que no vemos, pero de lo que tenemos certeza. Ese es nada menos que el concepto de fe. Una necesidad que acompaña al ser humano desde que el mundo es mundo. 
Las civilizaciones antiguas ya tenían la necesidad insoportable de buscar una explicación a lo que no podían entender, a las causas de una naturaleza misteriosa, llena de peligros. A la oscuridad nocturna, a la belleza de la luz solar, a los astros allá en lo alto, colgados en un espacio inalcanzable. Se ocultaban en las cavernas para huir del terror a las bestias, a los ruidos de la noche negra. Estaban indefensos, sentían como nunca su naturaleza frágil, en un mundo que era hermoso, lleno de novedades, pero también aterrador. De vez en cuando la vida se le escapaba a alguno de ellos. Entendieron que la muerte era parte de sus vidas, una realidad de la que no podían escapar. Un viaje incierto, un camino hacia la nada. El misterio de la muerte dominó el interés del ser humano durante milenios. Egipcios, Celtas, Sumerios, levantaron complejos cultos a la muerte, esa gran desconocida, la dueña de sus destinos, esa caprichosa dictadora que no tenía distinción de posición, edad ni sexo. Hicieron su aparición las clases sacerdotales que tenían relación directa con el mundo del más allá, jerarquías a quienes gobernantes y líderes debían obedecer sin protestar.  
Seguimos sintiendo el mismo miedo ancestral. Lo desconocido nos aterra. En medio de los avances tecnológicos y de las rutinas, la muerte sigue siendo el gran misterio. Y es ahí donde aparece la función social de la religión y de los sistemas doctrinales. La religión ejerce el monopolio de la moral, es la que define los conceptos del bien y el mal. La ley procede de conceptos religiosos, los romanos extrajeron de los fundamentos de convivencia de las antiguas civilizaciones, la esencia para construir el entramado jurídico que sobrevive hasta nuestros tiempos. Y es también el caldo de cultivo de los manipuladores que ejercen su influencia sobre los creyentes blandiendo el miedo a la condenación para lograr sus intereses.