Diego Jaramillo Salgado
El filósofo surcoreano Byung Chul Han nos llama la atención sobre cómo se ha impuesto la aceleración del tiempo. Lo señala concretamente con los ritmos impuestos por el neoliberalismo. Extensible propiamente al capitalismo desde su origen. Marx lo advirtió al estudiar que el obrero se convierte en mercancía en ese modelo. La actualmente llamada sociedad de mercado no circunscribe el carácter mercantil a los objetos; los sujetos sociales también lo tienen so pena de desaparecer su rol social de sobrevivencia. La sociedad de consumo no hizo más que colocar a los seres humanos en función del tener, del acceso a bienes que satisficieran, inicialmente, lo necesario para vivir. Trasladado rápidamente a la creación de satisfactores artificiales en una cadena interminable, sin descanso, que le impide a la persona su encuentro consigo mismo y con los otros. El uso del tiempo se constituye así en el medio para lograr ese fin. Se desboca sin dar lugar a su confrontación para redireccionarlo y colocarlo en función de la alegría y la felicidad. Las películas La Quimera del oro y Tiempos modernos de Chaplin, a principios del siglo XX, enunciaron con imágenes esta verdad. En ellas el cambio de las vidas humanas y naturales es condicionado a los arquetipos construidos desde el modelo industrial y mercantil en curso. Por eso cuando, de pronto, nos detenemos en frente del calendario se nos hace casi imposible cerciorarnos que el ayer está tan unido al hoy de manera tan imperceptible que no entendemos cómo se produjo ese paso. El filósofo también nos hace el llamado a comprender que el impuesto uso del tiempo le es útil al modelo dominante. En cuanto acentúa la individualidad de la manera que le es más conveniente para incentivar su condición de mercader o de mercancía. De hecho, el neoliberalismo lo enfatiza de tal forma que busca romper el tejido social por largos años construido. Los modelos comunitarios le son adversos en cuanto diluyen los propósitos establecidos para la sociedad en función de sus intereses. Los carnavales y las fiestas son una especie de escampadero a esta imposición, aun cuando no escapan totalmente a ello. Pues desde diferentes ángulos les van introduciendo el toque comercial con el cual se pretende condicionarlos a sus objetivos. Sin lograrlo, en tanto se mueven dentro de rituales propios de las tradiciones y un uso del tiempo qué difícilmente encaja en su nulidad. Contradictorio, cierto, pero reservas saludables anunciantes de otra opción de vida social en que haya tiempo para la transformación social, el trabajo, el amor, los afectos, un buen vivir.




