Por: Laura Cabanzo
La inseguridad en el Cauca ha dejado de ser una noticia de último momento para convertirse en parte de la cotidianidad. Homicidios, amenazas, extorsiones y desplazamientos forzados se reportan con una frecuencia alarmante, sin que ello genere la indignación sostenida que una situación de esta magnitud debería provocar.
En municipios grandes y pequeños, la sensación de miedo se ha instalado en la vida diaria. Comerciantes que cierran temprano, campesinos que temen transitar por sus propias veredas y líderes sociales que viven bajo amenaza constante. Todo esto ocurre mientras las cifras oficiales parecen quedarse cortas frente a la realidad que se vive en el territorio.
Uno de los mayores problemas es la normalización de la violencia. Cuando los hechos se repiten sin consecuencias visibles, la sociedad comienza a aceptarlos como inevitables. Esta resignación es peligrosa, porque debilita la exigencia ciudadana y le resta urgencia a las respuestas institucionales.
La seguridad no puede reducirse a operativos esporádicos o a anuncios de refuerzos temporales. Se requiere una estrategia integral que combine presencia efectiva del Estado, inversión social y fortalecimiento de la justicia. Sin oportunidades, sin educación y sin empleo, cualquier esfuerzo puramente militar será insuficiente.
El Cauca merece vivir sin miedo. Recuperar la seguridad implica reconocer la gravedad del problema, escuchar a las comunidades y actuar con coherencia. Mientras la violencia siga siendo vista como algo “normal”, el costo humano seguirá creciendo en silencio.




