Por: Jesús Oscar Solano
El espíritu se siente anonadado y da mucho pesar, ser testigo, de cómo nuestro país Colombia, se debate en una situación de un caos crudelísimo, de una criminalidad sin límites, de una maldad abominable. También esto ocurre en otros países; si por aquí llueve, por allá no escampa. Todos los días nos enteramos por los medios de comunicación de las atrocidades que ocurren en distintas partes del territorio; queda la persona con el ánimo conturbado, ante la violencia que se presenta a sus ojos. El desprevenido televidente, después de escuchar, mejor no ver, se entera, de lo que no quisiera saber, como el caso siguiente: un depravado sujeto, viola a una niña, que se encamina a su Colegio; no contento con ese reprobable acto, la asesina. En buena hora la niña, no se sabe cómo, con su celular le toma una foto; lo que facilitó su identificación y captura. ¡Qué la justicia Divina caiga sobre este salvaje, que no parece hijo de mujer, que lo castigue con todo su poder! Y que la justicia humana, recurra a toda su sapiencia y lo condene a la máxima pena. ¿Cómo es posible, que en el mundo creado por Dios, existan criminales de esta calaña y peores? ¿Se podrá admitir, que el señorío, la humanidad, el raciocinio y la unidad familiar, desaparezcan de la noche a la mañana?
Nos hemos apartado totalmente de Dios, nos hemos olvidado de El. Bien se dice: “Es maravilloso tener un Dios en quien creer, cuando hay tantos, que no sienten consuelo ni tienen fe”. ¡Qué desgracia que hayamos llegado a este estado de depravación y maldad! ¡Tenemos que volver a Dios, para que El, nos muestre el camino del bien y nos haga reflexionar! Martín Luther King, trae estas palabras: “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.” Nos falta unidad familiar; la pandemia nos dejó una cosa buena; unió a las familias. Hay entre todos nosotros, gentes buenas, humanas, solidarias, generosas, practicantes de la fe católica; son personas dignas de imitar. Ante esta hecatombe de sucesos, nuestros mayores, ya no están, vivieron en épocas de paz y entendimiento. Podemos decir: “Siquiera se murieron los abuelos”.
¡Qué satisfactorio sería que nos reconciliáramos, que volviéramos a vivir en paz entre todos; así todo sería mejor, ¡habría convivencia y tranquilidad! ¡Qué Dios nos oiga!



