Los veranos de la infancia

 

Antaño, la llegada de junio era la llegada del viento, de los días luminosos, el fútbol, los paseos al río, las tablas para deslizarse en las lomas primero verdes y luego amarillentas por el sol y el desgaste. Era el tiempo de las cometas y la libertad. Agosto era infancia, estío y felicidad. 

Ya no es lo mismo

Los tiempos han cambiado por supuesto, como todo. Hemos vivido muchos veranos sin sol ni calor. Con lluvias intermitentes como ahora. Los ríos están sucios y sus entornos no son seguros, a los chicos no les interesa resbalarse de una loma con tablas o cartones, y menos estar subiendo y bajando tardes enteras. Ahora encuentran la diversión ya masticada, solo deben mover sus dedos sobre la pantalla de un celular, sin hacer grandes esfuerzos. Jugábamos también al trompo; bolas, al cuadro y a la meca y no faltaban las largas aventuras en bicicleta. Pero lo de resbalarse de la loma, en nuestro caso Moscopán, Santa Catalina o la Loma de Pío Pío ocupaba la mayoría de las tardes del verano. Los preparativos empezaban unos días antes para adecuar un vehículo que fuera capaz de vencer a sus rivales en los vertiginosos descensos.
Entonces asaltábamos los armazones de las camas, sin que se dieran cuenta nuestras madres, levantábamos los viejos colchones y extraíamos una tabla que estuviera en buena forma. Luego conseguíamos una barra de madera y la clavábamos en un extremo para apoyar los pies. A veces le atábamos una cuerda a manera de timón. El toque final, lo más importante era embadurnar de grasa o betún el lado más liso de la nave. Al vehículo de competencia no le podían faltar las decoraciones, un número, unos rayos, una calavera. 

La infancia que se fue

Al principio del verano la hierba estaba un poco crecida y costaba un poco el deslizamiento, pero avanzado agosto las lomas ya habían recibido miles de competidores y lucían penosas cicatrices de tierra y su tono en general era amarillento, como si un ejército hubiera desfilado sobre ellas. Finalizadas las vacaciones las colinas recobraban su verdor luminoso y se quedaban olvidadas hasta el año siguiente. Cientos de niños acudíamos a resbalarnos día tras día, infatigablemente, la adrenalina de las bajadas compensaba la trepada, buscábamos la mejor ruta, la rampa, la curva, la niñez alborotada en el olor a hierba y tierra seca.