Por Jair A. Dorado
«Son un ejemplo de supervivencia y su caso quedará en la historia», fueron las palabras del Presidente colombiano Gustavo Petro, ante los medios, una vez se supo que los cuatro niños perdidos hace 40 días en la selva del Guaviare, habían aparecido con vida.
Un corresponsal de una cadena internacional se emocionaba hasta las lágrimas mientras transmitía la noticia la noche del viernes 9 de junio. Varios medios internacionales registraban en sus portadas la noticia, con las pocas fotografías que hasta el momento habían salido a la luz. ¡Milagro! ¡Los niños están vivos!
Miles de colombianos nos conmovimos en casa y dimos gracias a Dios por un milagro tan evidente. Porque, sin duda que unos niños, incluyendo una criatura de solo 11 meses de edad hayan sobrevivido en la espesa jungla durante 40 días, es un hecho que perfectamente podemos calificar de milagroso o sobrenatural, sin incurrir en una exageración. Son esas noticias que alegran el alma, que hacen reverdecer la empatía con el ser humano.
Nos levantábamos cada mañana buscando alguna información que nos diera esperanza en el regreso de estos chiquillos. El paso de los días nos la negaba, pero ésta se empecinaba de a poco, con sutiles rastros, con huellas en medio del fango, con frutas mordisqueadas y abandonadas en la maleza, con evidencias borradas por una lluvia eterna. A quienes somos padres se nos encogía el corazón cada noche imaginando las penurias, el miedo, el hambre, el terror que solo ellos sabrán contar algún día.
Estos cuatro admirables seres humanos se enfrentaron durante cuarenta noches a una naturaleza agreste, virgen, desafiante, hostil, pero también, de alguna manera, maternal. A su corta edad volvieron a encarnar la lucha primitiva del ser humano, ese instinto de vivir a pesar de todas las circunstancias adversas. Esos niños deberían servirnos como inspiración; como individuos y como sociedad.
Esos pequeños hermanos, compatriotas, sin sospecharlo si quiera, nos han devuelto la esperanza, han aglutinado en su historia épica, el anhelo de miles, o tal vez de millones de seres humanos de que algo bueno le suceda al otro, a esa idea de prójimo, de hermano, que en estos tiempos de egoísmo y ausencia de empatía parece extraviarse en esa otra jungla tecnológica y materialista en la que hemos convertido la escena humana. ¡Larga vida héroes de la selva!





