Rutina del miedo

Por: Laura Cabanzo

En muchas zonas del Cauca, el miedo no interrumpe la vida: la organiza. Define horarios, rutas, silencios y decisiones. Vivir entre retenes legales e ilegales se ha convertido en una experiencia normalizada, tanto que ya no sorprende. Se asume como parte del paisaje, aunque nunca debería serlo.

El problema no es solo la presencia de actores armados, sino la forma en que esa presencia moldea la cotidianidad. Saber cuándo pasar, qué decir, qué no preguntar y a quién evitar mirar se vuelve un conocimiento tácito. Nadie lo enseña, pero todos lo aprenden. Es una pedagogía del miedo transmitida de generación en generación.

Esta normalización tiene consecuencias profundas. Cuando el miedo se vuelve rutina, deja de ser noticia. Desde afuera, se interpreta como estabilidad; desde adentro, es una tensión constante que agota. La vida transcurre con una alerta permanente que afecta la salud mental, las relaciones sociales y la percepción de libertad.

El discurso oficial suele hablar de control territorial y seguridad, pero rara vez incorpora la experiencia de quienes viven esa “seguridad” desde abajo. Para muchas comunidades, no se trata de sentirse protegidas, sino de aprender a no incomodar.

La rutina del miedo también erosiona la confianza. Se desconfía del vecino, del extraño, de la autoridad y, a veces, hasta de uno mismo. Esa desconfianza fragmenta el tejido social y debilita la capacidad colectiva de exigir derechos.

Aceptar esta realidad como normal es peligroso. Porque cuando el miedo deja de indignar, se convierte en costumbre. Y ninguna sociedad debería acostumbrarse a vivir con temor como regla.