La democracia no sobrevive al ruido

Por: Laura Cabanzo

Colombia atraviesa una etapa en la que el ruido político amenaza con ahogar el debate democrático. La discusión pública se ha transformado en una sucesión de acusaciones, etiquetas y descalificaciones donde importa más ganar una pelea en redes sociales que construir soluciones reales. En este escenario, la democracia no se fortalece: se debilita.

La política se ha vuelto reactiva. Cada decisión genera una tormenta inmediata de opiniones extremas, y los gobernantes parecen responder más al impacto digital que a una planeación seria. El problema no es la crítica —necesaria en toda democracia— sino la falta de argumentos. Hoy se grita más de lo que se piensa, y se comparte más de lo que se contrasta.

Esta lógica del enfrentamiento permanente produce un efecto peligroso: la ciudadanía se cansa. Cuando todo es escándalo, nada lo es realmente. La indignación constante termina normalizando la crisis, y los problemas estructurales —seguridad, pobreza, educación, salud— quedan relegados a un segundo plano, opacados por polémicas pasajeras.

Además, el ruido favorece a los extremos. Las posiciones moderadas, las voces que llaman al análisis y al equilibrio, son rápidamente silenciadas o ridiculizadas. Se impone la idea de que solo existen dos bandos y que cualquier matiz es traición. Así, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en un campo de batalla simbólico.

La democracia necesita deliberación, no gritería. Necesita información verificada, no versiones acomodadas. Necesita líderes capaces de explicar, no solo de provocar. Cuando el ruido domina, las decisiones se toman bajo presión emocional y no bajo criterios técnicos o sociales.

Colombia no puede darse el lujo de gobernar desde la rabia. El país requiere bajar el volumen del enfrentamiento y subir el nivel del debate. La verdadera fortaleza democrática no está en imponer una narrativa, sino en permitir que distintas visiones convivan sin destruirse mutuamente.

Callar el ruido no significa eliminar la crítica, sino devolverle profundidad. Solo así la política podrá volver a servirle a la gente y no al espectáculo.