Encuentros de Petro y Uribe (I)

Felipe Solarte Nates

Cerca a cumplir dos meses de posesionado, -en contraste con el gobierno de Duque, que perdió el primer año tratando de acabar con la JEP, boicotear el acuerdo de paz con las FARC y enfrentado a los grupos políticos mayoritarios en la Cámara y el Senado-, el gobierno de Petro, después de hábilmente armar coalición mayoritaria en el Congreso, ha generado grandes expectativas y controversias, al anunciar polémicas reformas mediante anuncios de algunos ministros y proyectos de ley que han causado diversas reacciones en los dirigentes políticos, sectores sociales y económicos del país y el exterior y fortalecido al Centro Democrático como cabeza de la oposición.

Pero, a diferencia de otros gobiernos de la llamada ala radical de la izquierda latinoamericana acelerados en la imposición de sus programas de gobierno, el encabezado por Petro, con el expresidente Uribe, parece haber llegado a un acuerdo de “hagámonos pasito”, mermándole intensidad a anteriores enfrentamientos en el Senado y otros escenarios, intentando convertir el dialogo con la oposición y la negociación pacífica en camino a lograr consensos, como principal mecanismo para lograr la aprobación en el Congreso y la implementación en diferentes etapas de su gobierno, de reformas como la tributaria, política, agraria integral, laboral, en la salud y pensiones, educativa.

“Un día después de la movilización en contra de los anuncios hechos por su gobierno en temas neurálgicos como la salud, las pensiones o la búsqueda de la paz y de reformas como: la tributaria y la política, que ya caminan en el Congreso, el presidente Gustavo Petro se reunió con quien sigue ostentando el liderazgo de la oposición en el país, el expresidente Álvaro Uribe, a quien acompañaron algunos miembros de su partido, el Centro Democrático, los senadores Miguel Uribe Turbay y Óscar Darío Pérez. Un encuentro cordial que, más allá de los mensajes contaminantes de las redes sociales, deja un claro mensaje de parte y parte: del Ejecutivo, de tener disposición para escuchar a todos los sectores, y de la oposición, una postura reflexiva y constructiva, lejos de los extremismos y de contradecir sin argumentos. Sobre si este encuentro servirá para algo práctico, es algo que está por verse.”

“Sin problemas dialogamos. Dialogar es de humanos. Dialogar construye civilizaciones”, escribió escuetamente en Twitter el presidente Petro refiriéndose a la cita. Quien sí ahondó fue el ministro del Interior, Alfonso Prada, diciendo que fue un diálogo fluido en el que se abordaron básicamente temas legislativos, con énfasis en la reforma tributaria, sobre la cual escucharon observaciones y se comprometieron a revisar puntos, como lo de los impuestos a los dividendos, las ganancias ocasionales y al patrimonio. Según indicó, el grueso de la iniciativa tiene el apoyo del Centro Democrático, y en el tema de tierras hay un consenso con el mismo Uribe de que la única manera de resolver el problema de las invasiones es que el Estado tenga la capacidad económica de comprar para distribuir democráticamente e implementar una reforma rural integral”.

Así informa Edison García Segura, editor político de El Espectador, sobre el segundo encuentro entre el expresidente y líder de la oposición Álvaro Uribe, realizado un día después de la apertura de la frontera con Venezuela, del inicio en Popayán del dialogo regional incluyente con las diferentes organizaciones sociales del valle de Pubenza, el Macizo Central colombiano y el norte de Nariño; y de las marchas contra el gobierno organizadas en varias ciudades del país y el exterior, principalmente por dirigentes del Centro Democrático.

Entiende el presidente Petro, qué,  para lograr la paz total y la construcción de una democracia donde las armas no sean las que deciden, además de buscar la desmovilización de guerrillas, paramilitares y bandas multicrimen, -como las 10 que acaban de anunciar un cese de acciones violentas-, y reformar las Fuerzas Armadas y la Policía, no sólo hay que buscar en el país y el exterior, la regulación del cultivo y procesamiento de la hoja de coca para superar la prohibición que incrementa los altos precios de la cocaína y la proliferación de bandas armadas disputándose el lucrativo negocio y corrompiendo importantes sectores de la economía y sociedad que lava sus dineros y comparte el poder del gobierno.

Comprende que hay que respetar, dialogar y discutir en el Congreso y otros escenarios, con la oposición, gremios productivos y diversos grupos étnicos y sociales, acerca de reformas, como la tributaria, cuyo proyecto original ya ha sufrido diversas modificaciones, y otras: como la rural integral, las de salud y pensional, que sin aún ser presentadas oficialmente para estudio y discusión en el Congreso, con base a propuestas previas y rumores ya han generado álgidas controversias y fueron uno de los principales motivos agitados por quienes convocaron las marchas del 26 de septiembre.

Antecedente histórico

Hasta antes del Frente Nacional entre 1958 y 1974, los partidos liberal y conservador, fundados a mediados del siglo XIX, después de guerras civiles, tenían claras diferencias ideológicas, programáticas y en su manera de gobernar.

En 1958, a partir del gobierno de Alberto Lleras Camargo, para frenar la violencia desatada después del asesinato de Gaitán, liberales y conservadores durante 16 años se repartieron milimétrica y excluyentemente el poder.

En este periodo las diferencias entre los partidos se difuminaron y terminaron de socios repartiéndose la marrana del Estado; mientras entre la oposición relegada y perseguida por “comunista”, tomó fuerza la lucha armada surgiendo de los restos de la guerrilla liberal, las FARC, ELN y EPL y más tarde el M-19, PRT, Quintín Lame, el Ricardo Franco, entre otros grupos.

A partir de la Constitución del 91, el bipartidismo sufrió un duro golpe, surgiendo numerosos partidos y movimientos escindidos de los partidos tradicionales y otros con raíces en grupos de la izquierda legal y armada, que como el M-19 y el EPL, en el gobierno de Gaviria, acababan de desmovilizarse y entregar las armas.

Al plegarse la mayoría de partidos que apoyaron a Duque el programa del actual gobierno, y al renunciar al Senado Rodolfo Hernández, el Centro Democrático se consolida como principal partido de oposición y alrededor del Pacto Histórico centrífugamente se nuclean los partidarios de reformar la sociedad colombiana.

Apuntan en esta tendencia los dos encuentros respetuosos del presidente Petro y el ex presidente Uribe, quien hizo un llamado a que no señalen al actual gobierno de “neocomunista”,  y a los del Centro Democrático los tilden de “ultraderechistas”; y más vale, acepten el importante papel que cumple la oposición en el balance de las democracias y de los proyectos de reformas presentados por el gobierno, los cuales están dispuestos a respaldar si aceptan discutir sus contrapropuestas.

Sin embargo, tanto en el Pacto Histórico como en el Centro Democrático, los sectores más radicales continuarán presionando para profundizar los cambios o para hacerles férrea oposición, y así posicionarse los líderes que aspiran a suceder a Petro y a Uribe, como cabezas de los dos grandes bloques políticos que tienden a absorber a la profusión de partidos y movimientos sobrevivientes.

En este panorama, en los próximos meses, además de la enfática discusión de las reformas en las comisiones y plenarias del Congreso, se anuncian nuevas manifestaciones públicas convocadas por la oposición y partidarios del gobierno, como la anunciada por el senador del Pacto Histórico, Gustavo Bolívar, para el 15 de noviembre, al cumplirse 100 días de posesionado el presidente Petro.

El reto es, que los debates en el Congreso se desarrollen discutiendo con argumentos en busca de consensos antes de aprobar las reformas y las manifestaciones públicas se desarrollen pacíficamente y sin enfrentamientos entre partidarios y opositores del gobierno y con la fuerza pública, y al fin, pacífica y democráticamente, se consolide el esquema: Gobierno- Oposición, que intentó iniciar el presidente Barco para romper cobijas con la manguala del Frente Nacional que desdibujó ideológica y programáticamente a los partidos liberal y conservador, que repartiéndose el poder, terminaron comiendo del mismo plato y cobijados con la misma cobija.