Por Diego Jaramillo
Ahora que se habla de transiciones, a propósito del ascenso a la presidencia de Petro, aparece en el imaginario de muchos y muchas la idea de la transformación total de la política y de los sujetos que la implementan. Bastaría ver en el Congreso y en los liderazgos políticos, así sea en la superficie, la dificultad para aceptar que esto es así. Sobre todo porque el espejismo producido por dejar atrás largos años de autoritarismo estimula la expectativa de que voltear la página es posible más rápidamente que los sombríos largos años en que estuvo entronizado en el poder. Queda claro que un cambio de gobierno, con perspectivas diferentes de las que le antecedieron, no significa la toma del poder ni la renovación de los fundamentos en que se erige. Mucho más en sociedades como las nuestras en que el manto de la democracia es cubierto con la corrupción, el clientelismo, el racismo, las maquinarias de familias enquistadas en la estructura del Estado. Es decir, la introducción de otras formas de realizar el ejercicio institucional no garantiza cambios efectivos en la estructura de la sociedad y en sus formaciones culturales. Por eso, caen muy bien las palabras de Joan Manuel Serrat cuando afirma que lo requerido es un “cambio de vida”, enfocado fundamentalmente a una nueva subjetividad que rompa con los esquemas culturales e ideológicos impuestos a través de largos siglos de dominación. Pues, no se trata de resolver únicamente la desigualdad económica; aunque necesaria por las condiciones en que vive gran parte de la población. Se requiere una pedagogía que permita avanzar hacia el buen vivir. Lograr superar la “pérdida de valores”, hace indispensable largos procesos para realizarlo. Pues su incorporación en los seres humanos se dio en el día a día de sus vidas, en la forma inconsciente en que fueron asimilados. La deconstrucción de mentalidades incubadas por largos siglos no se hace por decreto o por una imposición. Mucho más, como lo dijera Serrat, si el capitalismo estableció “la avidez del mercado donde todo tiene un precio”. Incluyendo la persona misma. Orientación articulada con los ejes hegemónicos culturales de estas formas de vida. La transformación de los sujetos se inscribe en la cotidianidad. Por ello el ejercicio de gobernanza, para que incida en esta dirección, debe basarse en principios y pedagogías orientadas a superar paso a paso lo establecido, en función de abrir la vía a un futuro donde el vivir bien.





